jueves, 25 de junio de 2015

SOLILOQUIO DE UN CONDUCTOR EN MÉXICO, D.F.


Son las 7:00 de la mañana del primer lunes de abril, un lunes como cualquier otro. Hoy tendré una cita importante de negocios en la Casa de Bolsa donde laboro como apoderado para celebrar operaciones con el público inversionista, promotor pues, para los que no conocen el lenguaje bursátil, un ejecutivo de cuenta. El prospecto de cliente es extranjero, me comentó la semana pasada mi secretaria, con varios millones de pesos por invertir, lo cual me podría dejar una comisión muy importante, prácticamente para ya no trabajar el resto del año. La cita es a las 9:00 horas.

Vivo en la zona de Coapa, al sur del Distrito Federal. Así que enciendo mi GPS para que me indicara la mejor ruta, dándome el aparatito dos alternativas, prácticamente con el mismo tiempo de traslado. La primera, tomar Canal de Miramontes hasta el Circuito Interior, para posteriormente incorporarme a Reforma y salir a Arquimedes. La segunda, tomar Canal de Miramontes, incorporarse al periférico, salirme a la altura de Chivatito y luego tomar Arquimedes. Decidí, irme por el periférico, total, hay un segundo piso, y así evitaría los fastidiosos microbuses.

Salgo del fraccionamiento y me encuentro al vecino Arturo Avaricio, con tanto dinero y sigue manejando el Datsun 1980. ¡Qué jodido! ¿Para qué quiere tanto dinero? ¿No se puede comprar un mejor coche este desgraciado? Pero cuando se muera lo enterrarán y le arrojarán peso por peso en su tumba. Avaro, codo, amarrado. La gente anhela poseer mucho dinero, es sinónimo de éxito, pero luego no saben para qué usarlo.

¡Miren nada más! Al vecino José Vivedeprestado, que ni trabajo tiene, un pobre mugroso mantenido estrenando camioneta. De seguro este cuate lava dinero, supongo se dedica a algo turbio, sino de dónde sacaría para comprar camioneta nueva. Apuesto a que la está pagando en abonos, de seguro no tendrá que comer, pero eso sí, presumiendo lo que no tiene. Este mundo caray, a la gente le encanta comprar apariencias. La verdad es que su camioneta está flamante, pero mi carro yo lo pagué de contado, no le debo nada a nadie. Todavía me saluda moviendo la mano el señor Vivedeprestado, qué insolente, arrogante.

¡Está hasta la madre el tráfico! Seguro un policía está manipulando el semáforo, solo echan a perder la fluidez de la circulación vehicular. Pero bueno, pobres imbéciles, si hubieran estudiado no fueran policías.

¡No, no! Me acaban de lavar el carro cuate. Le dije a un limpiaparabrisas. Necio, no le importó, así que no tuve más remedio que darle la única moneda que traía.

  • ¡Un pinche peso! Te hace más falta a ti, viejo tacaño- Me dijo el desgraciado.



¡Avánzale, avánzale, ya está el siga! ¡Carajo! ¿Por qué no arrancan rápido? Sólo pasaron cuatro coches.

Ya está el siga, ¡Apúrate mujer! ¡Acelera! ¡No dejes que se te meta el micro, no dejes que se te meta el micro! Ya se te metió, ahora ya nos tapó la vista. Y todo por irse maquillando en el carro. ¿Por qué muchas mujeres tienen la costumbre de irse arreglando en sus coches? ¿Por qué no se levantan más temprano? Bueno, también hay muchos que desayunan en el auto, hasta el aguacate se les embarra en la ropa. Todo, por no levantarse más temprano. ¡Les encanta el estrés!

Otra vez la luz verde, en un nano segundo se escucha los cláxones de los vehículos mentando madres, más o menos como en un estadio de fútbol cuando al equipo favorito le marcan un penal que no era.

Por fin, logré pasar el semáforo, siendo ya las 7:15. Quince minutos para pasar el primer semáforo, no puede ser.

¡Chinga! Un bache, no lo vi. Pero eso sí, suben los impuestos y no pueden arreglar las calles. Hay más cenotes en Canal de Miramontes que en toda la península de Yucatán.

Quiero cambiarme al carril de la derecha, pongo mi direccional. Este taxista mala onda, no me dejó pasar. El carro de atrás, nuevecito, reluciente, me echó la lámina. Es absurdo como la gente prefiere rayar sus carros nuevos antes de denigrarse a dar el paso. Esta es la selva y el que tenga la lámina más gruesa será el vencedor.

Son las 7:30, ya estoy en el periférico parado, como si fuera estacionamiento. Estoy en el carril para subir al segundo piso. ¿Por qué no avanza? Para no desesperarme enciendo la radio para escuchar las noticias. 88.1 anuncios. Le cambio al 90.5, anuncios; le cambio al 100.1, también comerciales. ¿Pues que todas las estaciones de radio se ponen de acuerdo para mandar a anuncios comerciales al mismo tiempo?

Ya para subir al segundo piso, el tag del carro de adelante no fue leído electrónicamente, por lo que lo invitaron a salir del carril e incorporarse a la lateral.

El prepotente conductor alegaba y alegaba.

  • Pues a mí me vale, yo acabo de pagar y aquí está mi comprobante y paso porque paso- decía ufano.



Los trabajadores no le permitían el paso. El testarudo no avanzaba. Yo le tocaba el claxon y él me hacía señas con la mano de que me brincara si tenía tanta prisa.

¡Avánzale! Le grité. La fila estaba larguísima, los conductores desesperados, pero el obcecado conductor no se movía. Hasta que llegó un policía en motocicleta y le exigió a los trabajadores que levantaran la pluma y lo dejaran pasar. Seguro un naco influyente.

El segundo piso estaba a vuelta de rueda. Yo ya tenía ganas de orinar, ya no aguantaba. Las gotitas ya se me salían.

De repente que veo un carril cerrado. Resulta que estaban haciendo mantenimiento, a la hora pico, ya ni la hacen estos tipos de la delegación. Todos los automovilistas cuando pasaban por ahí les recordaban a sus progenitoras.

Por fin, iba llegando a Polanco. Para mi sorpresa, no había lugar en donde estacionarse. Tuve que ir a aparcar el carro a un Sanborns a cinco cuadras de la oficina. De pasadita aproveché para ir al baño. ¡Ahhh! Uno de los mayores placeres de la humanidad es vaciar la vejiga cuando ésta está llena. Aproveché, me lavé las manos, me quité el sudor de la frente y me acomodé el cabello.

Llegué corriendo a la oficina. Con una mentalidad ganadora. Ya me veía firmando el contrato de intermediación bursátil con el cliente. Había hecho planes de cambiar de carro y de irme de vacaciones con la familia con la comisión que me dejaría la inversión de este importante sujeto.

Eran las 9:05. Saludé a mi secretaria y le pregunté si estaba lista la sala de juntas y el café para recibir al cliente, a lo que ella me contestó.

  • El señor Adam Lawson, inglés él, se cansó de esperarlo. Se retiró muy indignado, hablando pestes de la puntualidad mexicana.
  • ¿Pues cuánto tiempo esperó?
  • Más de media hora. Oiga jefe, ¿no se acordó que hubo cambio de horario de verano? Ya son las 10:05.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario