viernes, 19 de junio de 2015

TRESCIENTOS MIL


Siempre me caractericé por ser un buen estudiante. Mi habilidad con los números la había adoptado desde muy pequeño. Se me facilitaban las sumas y las restas mucho antes de entrar a la escuela primaria. Cuando mis padres me llevaban al colegio para no aburrirme en el tráfico solía sumar los números de las placas de los automóviles. Con mayor destreza, fui multiplicándolos, todo en forma mental. Obtuve muchos trofeos y medallas en concursos de matemáticas, mismos que aún conservo.

 

Decidí estudiar una carrera universitaria que tuviera relación directa con los números. Tenía como alternativas elegir matemáticas, actuaría, física, alguna ingeniería, o bien contabilidad. Como mis amigos siempre decían que había tres tipos de mujeres, las bonitas, las feas y las de ingeniería, opté mejor por estudiar contaduría, ya que la facultad de contaduría y administración era famosa por tener más estudiantes mujeres que varones, y como soy de ojo alegre, me decidí estudiar esa carrera.

 

Para mí fue fácil encontrar un empleo antes de terminar mis estudios, los despachos de contabilidad contrataban con bajos sueldos a los estudiantes, pero los recompensaban con la experiencia de saber cargar y abonar y conocer de aspectos fiscales, de deducciones y alguna que otra estrategia para pagar la menor cantidad de impuestos, siempre en el marco de la ley.

 

Al terminar mi carrera y obtener el título de contador público, con la arrogancia que esto proporciona, comencé a exigir mayor sueldo al socio del despacho. Al negarse éste a dármelo, renuncié y comencé a trabajar por honorarios en una institución bancaria en el área de control fiscal.

 

Yo, Luis Tendejón, me percaté que en las escuelas y en las universidades no te enseñan cómo enfrentar los retos de la vida, tanto personales como profesionales. Las cuestiones verdaderamente importantes y trascendentales de la existencia del ser humano no pasan por las aulas. Infortunadamente, esto es una realidad.

 

Con diez años de experiencia en la institución bancaria, yo observaba como mis compañeros se conformaban con elaborar bien su trabajo, esperando puntualmente recibir su quincena, sin tener la mayoría de ellos una aspiración profesional y monetaria superior. Todos ellos habían estudiado con el objetivo de trabajar en una empresa, llegar a ser gerentes o directores de las mismas, con un sueldo fijo. Sin embargo, los socios del banco se enriquecían, con transacciones legales, mientras que los demás solo aspiraban a un ingreso fijo y a escalar jerárquicamente dentro de la organización solo si el jefe inmediato dejaba su puesto.

 

Esto me hace pensar  que algo está mal en los planes de estudio de prácticamente todas las universidades. Si nuestro país necesita de empleos para erradicar la pobreza extrema que nos aqueja, esto se dará sí y solo sí se constituyeran más empresas. Las universidades forman a empleados y no a empresarios. Esto debe cambiarse. Debemos modificar la enseñanza superior con el objetivo de formar empresarios. Pero, siempre existe el temor al fracaso, es una realidad. Desgraciadamente, los mexicanos somos muy adversos al riesgo, preferimos un sueldo bajo fijo, que arriesgar nuestro patrimonio, pero aborrecemos a los extranjeros que invierten su capital y lo multiplican en nuestro país.

 

Después de pensarlo bien, decidí renunciar a mi puesto en el banco y abrir mi propia empresa. Pero no tenía capital suficiente y los intermediarios financieros no prestaban a los jóvenes emprendedores. Decidí, por lo tanto, financiarme a través del impuesto al valor agregado y del impuesto sobre la renta que debería declarar al fisco por mis percepciones por honorarios. Era algo muy arriesgado, pero grandes criminales andaban sueltos, así que según yo, la probabilidad de que me detuvieran y me enviaran a la cárcel por fraude fiscal por no enterar el IVA era prácticamente nula.

 

Tenía ya cuatro meses con mi empresa, una mercería que había establecido en el centro de la ciudad, la cual generaba diez empleos, las suficientes utilidades y los suficientes ingresos propios, casi duplicando el sueldo que tenía en el banco. Un día, me llegó una carta del Servicio de Administración Tributaria, donde se notificaba un crédito fiscal exigible por trescientos mil pesos. Dicha cantidad no la pude pagar, había vendido todos mis activos, coche, aparatos electrónicos para invertirlos en la renta anticipada del local y en capital de trabajo de la mercería. Al no poder pagar, se me acusó de fraude fiscal, causando una quiebra irreparable a la hacienda pública, por lo que pasé dos años en prisión.

 

En la cárcel, los custodios me llamaban delincuente de cuello blanco, por lo que los presidiarios que estaban cumpliendo condenas por robar pan, a diario me ponían unas tundas, ya que según ellos, por culpa de personas como yo, el gobierno no podía disponer de mayores recursos destinados al combate a la pobreza. Para ellos yo representaba a la burguesía, aprovechando los recursos en detrimento de la mayoría proletaria. Los buenos contra los malos.

 

Al cumplir mi condena y al abandonar la cárcel, necesitaba ingresos para sobrevivir, sin embargo por mis antecedentes penales nadie me contrataba. Me acordé de un viejo amigo de la facultad de contaduría, llamado Rafael Carogourmet, quien administraba el restaurante Champs Elysées en la Zona Rosa de la ciudad de México.

 

  • Lo único que puedo hacer por ti, Luis Tendejón, es ofrecerte el puesto de mesero en las salas privadas y tus ingresos serán las propinas que dejen los comensales- me dijo Rafael Carogourmet.
  • Lo acepto, sin restricción alguna- le comenté.

 

Antes de presentarme al siguiente día a trabajar, leí todos los periódicos de circulación nacional, por si algún comensal se dignaba a dirigirme la palabra y así poder tener tema de conversación y estar actualizado sobre el acontecer nacional e internacional.

 

Todos los diarios hacían énfasis en el recorte presupuestal que hizo el gobierno federal derivado de la caída en los precios internacionales del petróleo, lo que representa el 28% de los ingresos de la federación. Se ufanaban, tanto el presidente, como los secretarios de estado, que por ningún motivo se permitiría el despilfarro de los recursos. Que la sociedad y gobierno tenían que amarrarse el cinturón, para hacer frente a esta disminución de recursos. Ante estas medidas de austeridad, pronto se sortearía este panorama y se saldría de la crisis financiera, se tendrían más recursos destinados al beneficio social, causa ganada en la revolución mexicana.

 

Al llegar al restaurante Champs Elysées, mi amigo Rafael Carogourmet me asignó una sala privada en el tercer nivel, en donde asistiría un alto funcionario del gobierno federal.

 

  • Luis, esta será tu prueba de fuego, atiende a la perfección a este cliente asiduo de nuestro restaurante- me dijo Carogourmet.
  • ¿Quién es ese funcionario?- cuestióné.
  • Es el Dr. Mateo Todoparacá, el Presidente del Servicio de Administración Tributaria- me dijo.
  • Descuida, lo atenderé con todo el servilismo y gusto del mundo- atiné a decir.

 

En punto de las 21:00 horas, llegó elegantemente vestido, pero sin compañía el Dr. Todoparacá. Le di la bienvenida y le pregunté si esperaba a alguien más.

 

  • En esta ocasión vengo solo- comentó el Dr. Todoparacá.
  • En una noche tan espléndida, una fina compañía le hubiera caído bien Dr. Todoparacá- le dije.
  • Sí lo sé, pero esta ocasión deseo estar solo. Sabe, ando un poco deprimido-me comentó.
  • Siendo así, ¿qué le puedo brindar para empezar?- le sugerí.
  • Por favor, tráigame una botella de Chateau Petrus Reserva 1990- me ordenó

 

¡Caray! – pensé-. Esta botella tiene un precio de $100,000.

 

  • ¿Apetece alguna entrada Dr. Todoparacá?
  • Solo tomaré vino - me contestó.

 

Este asiduo comensal estuvo un poco más de tres horas en el restaurante, tiempo en el cual le descorché tres botellas de vino de la misma elección, la cuales consumió completas.

 

Al darle la cuenta, me percaté que iba a pagar con la tarjeta corporativa que el gobierno federal otorga a sus altos funcionarios, es decir, con cargo al erario público.

 

  • Permítame ofrecerle, como cortesía de la casa, una copa de Grand Armagnac de Maubec, para que termine espléndidamente esta velada- sugerí.
  • Agradezco el detalle, joven amigo- contestó.

 

Al día siguiente, en cadena nacional, se daba a conocer la noticia de que habían encontrado en su domicilio muerto a un alto funcionario del Servicio de Administración Tributaria. Se trataba nada más y nada menos que del Dr. Mateo Todoparacá.

 

Los médicos forenses, al practicarle la autopsia de rigor, informaron que el Dr. Todoparacá había ingerido una cantidad elevada de alcohol, sin embargo lo que provocó su fallecimiento fue el efecto de un fuerte veneno.

 

Para fortuna mía, yo ya había abandonado el país.

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