Siempre
me caractericé por ser un buen estudiante. Mi habilidad con los números la
había adoptado desde muy pequeño. Se me facilitaban las sumas y las restas
mucho antes de entrar a la escuela primaria. Cuando mis padres me llevaban al
colegio para no aburrirme en el tráfico solía sumar los números de las placas
de los automóviles. Con mayor destreza, fui multiplicándolos, todo en forma
mental. Obtuve muchos trofeos y medallas en concursos de matemáticas, mismos
que aún conservo.
Decidí
estudiar una carrera universitaria que tuviera relación directa con los
números. Tenía como alternativas elegir matemáticas, actuaría, física, alguna
ingeniería, o bien contabilidad. Como mis amigos siempre decían que había tres
tipos de mujeres, las bonitas, las feas y las de ingeniería, opté mejor por
estudiar contaduría, ya que la facultad de contaduría y administración era
famosa por tener más estudiantes mujeres que varones, y como soy de ojo alegre,
me decidí estudiar esa carrera.
Para
mí fue fácil encontrar un empleo antes de terminar mis estudios, los despachos de
contabilidad contrataban con bajos sueldos a los estudiantes, pero los
recompensaban con la experiencia de saber cargar y abonar y conocer de aspectos
fiscales, de deducciones y alguna que otra estrategia para pagar la menor
cantidad de impuestos, siempre en el marco de la ley.
Al
terminar mi carrera y obtener el título de contador público, con la arrogancia
que esto proporciona, comencé a exigir mayor sueldo al socio del despacho. Al
negarse éste a dármelo, renuncié y comencé a trabajar por honorarios en una
institución bancaria en el área de control fiscal.
Yo,
Luis Tendejón, me percaté que en las escuelas y en las universidades no te
enseñan cómo enfrentar los retos de la vida, tanto personales como profesionales.
Las cuestiones verdaderamente importantes y trascendentales de la existencia
del ser humano no pasan por las aulas. Infortunadamente, esto es una realidad.
Con
diez años de experiencia en la institución bancaria, yo observaba como mis
compañeros se conformaban con elaborar bien su trabajo, esperando puntualmente
recibir su quincena, sin tener la mayoría de ellos una aspiración profesional y
monetaria superior. Todos ellos habían estudiado con el objetivo de trabajar en
una empresa, llegar a ser gerentes o directores de las mismas, con un sueldo
fijo. Sin embargo, los socios del banco se enriquecían, con transacciones
legales, mientras que los demás solo aspiraban a un ingreso fijo y a escalar
jerárquicamente dentro de la organización solo si el jefe inmediato dejaba su
puesto.
Esto
me hace pensar que algo está mal en los
planes de estudio de prácticamente todas las universidades. Si nuestro país
necesita de empleos para erradicar la pobreza extrema que nos aqueja, esto se
dará sí y solo sí se constituyeran más empresas. Las universidades forman a
empleados y no a empresarios. Esto debe cambiarse. Debemos modificar la
enseñanza superior con el objetivo de formar empresarios. Pero, siempre existe
el temor al fracaso, es una realidad. Desgraciadamente, los mexicanos somos muy
adversos al riesgo, preferimos un sueldo bajo fijo, que arriesgar nuestro
patrimonio, pero aborrecemos a los extranjeros que invierten su capital y lo
multiplican en nuestro país.
Después
de pensarlo bien, decidí renunciar a mi puesto en el banco y abrir mi propia
empresa. Pero no tenía capital suficiente y los intermediarios financieros no prestaban
a los jóvenes emprendedores. Decidí, por lo tanto, financiarme a través del
impuesto al valor agregado y del impuesto sobre la renta que debería declarar
al fisco por mis percepciones por honorarios. Era algo muy arriesgado, pero
grandes criminales andaban sueltos, así que según yo, la probabilidad de que me
detuvieran y me enviaran a la cárcel por fraude fiscal por no enterar el IVA
era prácticamente nula.
Tenía
ya cuatro meses con mi empresa, una mercería que había establecido en el centro
de la ciudad, la cual generaba diez empleos, las suficientes utilidades y los
suficientes ingresos propios, casi duplicando el sueldo que tenía en el banco.
Un día, me llegó una carta del Servicio de Administración Tributaria, donde se
notificaba un crédito fiscal exigible por trescientos mil pesos. Dicha cantidad
no la pude pagar, había vendido todos mis activos, coche, aparatos electrónicos
para invertirlos en la renta anticipada del local y en capital de trabajo de la
mercería. Al no poder pagar, se me acusó de fraude fiscal, causando una quiebra
irreparable a la hacienda pública, por lo que pasé dos años en prisión.
En
la cárcel, los custodios me llamaban delincuente de cuello blanco, por lo que
los presidiarios que estaban cumpliendo condenas por robar pan, a diario me
ponían unas tundas, ya que según ellos, por culpa de personas como yo, el
gobierno no podía disponer de mayores recursos destinados al combate a la
pobreza. Para ellos yo representaba a la burguesía, aprovechando los recursos
en detrimento de la mayoría proletaria. Los buenos contra los malos.
Al
cumplir mi condena y al abandonar la cárcel, necesitaba ingresos para
sobrevivir, sin embargo por mis antecedentes penales nadie me contrataba. Me
acordé de un viejo amigo de la facultad de contaduría, llamado Rafael
Carogourmet, quien administraba el restaurante Champs Elysées en la Zona Rosa
de la ciudad de México.
- Lo único que puedo hacer por ti, Luis Tendejón, es ofrecerte el puesto de mesero en las salas privadas y tus ingresos serán las propinas que dejen los comensales- me dijo Rafael Carogourmet.
- Lo acepto, sin restricción alguna- le comenté.
Antes
de presentarme al siguiente día a trabajar, leí todos los periódicos de
circulación nacional, por si algún comensal se dignaba a dirigirme la palabra y
así poder tener tema de conversación y estar actualizado sobre el acontecer
nacional e internacional.
Todos
los diarios hacían énfasis en el recorte presupuestal que hizo el gobierno
federal derivado de la caída en los precios internacionales del petróleo, lo
que representa el 28% de los ingresos de la federación. Se ufanaban, tanto el
presidente, como los secretarios de estado, que por ningún motivo se permitiría
el despilfarro de los recursos. Que la sociedad y gobierno tenían que amarrarse
el cinturón, para hacer frente a esta disminución de recursos. Ante estas
medidas de austeridad, pronto se sortearía este panorama y se saldría de la
crisis financiera, se tendrían más recursos destinados al beneficio social,
causa ganada en la revolución mexicana.
Al
llegar al restaurante Champs Elysées, mi amigo Rafael Carogourmet me asignó una
sala privada en el tercer nivel, en donde asistiría un alto funcionario del
gobierno federal.
- Luis, esta será tu prueba de fuego, atiende a la perfección a este cliente asiduo de nuestro restaurante- me dijo Carogourmet.
- ¿Quién es ese funcionario?- cuestióné.
- Es el Dr. Mateo Todoparacá, el Presidente del Servicio de Administración Tributaria- me dijo.
- Descuida, lo atenderé con todo el servilismo y gusto del mundo- atiné a decir.
En
punto de las 21:00 horas, llegó elegantemente vestido, pero sin compañía el Dr.
Todoparacá. Le di la bienvenida y le pregunté si esperaba a alguien más.
- En esta ocasión vengo solo- comentó el Dr. Todoparacá.
- En una noche tan espléndida, una fina compañía le hubiera caído bien Dr. Todoparacá- le dije.
- Sí lo sé, pero esta ocasión deseo estar solo. Sabe, ando un poco deprimido-me comentó.
- Siendo así, ¿qué le puedo brindar para empezar?- le sugerí.
- Por favor, tráigame una botella de Chateau Petrus Reserva 1990- me ordenó
¡Caray!
– pensé-. Esta botella tiene un precio de $100,000.
- ¿Apetece alguna entrada Dr. Todoparacá?
- Solo tomaré vino - me contestó.
Este
asiduo comensal estuvo un poco más de tres horas en el restaurante, tiempo en
el cual le descorché tres botellas de vino de la misma elección, la cuales consumió
completas.
Al
darle la cuenta, me percaté que iba a pagar con la tarjeta corporativa que el
gobierno federal otorga a sus altos funcionarios, es decir, con cargo al erario
público.
- Permítame ofrecerle, como cortesía de la casa, una copa de Grand Armagnac de Maubec, para que termine espléndidamente esta velada- sugerí.
- Agradezco el detalle, joven amigo- contestó.
Al
día siguiente, en cadena nacional, se daba a conocer la noticia de que habían
encontrado en su domicilio muerto a un alto funcionario del Servicio de
Administración Tributaria. Se trataba nada más y nada menos que del Dr. Mateo
Todoparacá.
Los
médicos forenses, al practicarle la autopsia de rigor, informaron que el Dr. Todoparacá
había ingerido una cantidad elevada de alcohol, sin embargo lo que provocó su
fallecimiento fue el efecto de un fuerte veneno.
Para
fortuna mía, yo ya había abandonado el país.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario