Tenía cinco años de
trabajar en el área de contraloría interna de una empresa de
telecomunicaciones. Mis compañeras de oficina, las que estaban bonitas eran extremadamente
delgadas; las que estaban voluptuosas, su rostro no era atractivo. En pocas
palabras, no había una combinación perfecta, físicamente hablando. Muchas de
ellas, por supuesto, eran inteligentes, grandes conversadoras, pero yo
necesitaba motivación visual. Sentirme atraído por una hembra verdadera.
En aquella empresa
con más de mil empleados, distribuidos en quince pisos de oficinas, era
prácticamente imposible conocer a todo el personal. En una fiesta de fin de
año, todos los empleados solíamos sentarnos en las mesas con nuestros
compañeros de área o de departamento, en lugar de aprovechar la ocasión y
entablar conversación con personas de áreas distintas. Sentado, tomándome un
whisky, viendo bailar a los amigos, me percaté que una mujer tenía un rostro
bellísimo, una cintura de avispa, sus piernas estaban bien formadas, con horas
de gimnasio. Esa chica debe ser nueva, me pregunté, jamás la había visto.
Indagando, me enteré que tenía dos años en la empresa, era la asistente del
área de sistemas. Su nombre era Claudia Piernolina, chica taciturna, que le
molestaba estar acompañada, seria, pero muy diestra en el manejo de los
sistemas computacionales.
En una ocasión coincidimos
en el elevador, llevaba una minifalda que dejaba ver sus encantos, sus
pantorrillas estaban perfectas, sus muslos eran una invitación a tener los
peores pensamientos concupiscentes, su rostro era bello, cual miembro de la
realeza. La saludé, quería presentarme, me ignoró, como si yo no
existiera.
En otra ocasión, me
topé en la puerta del elevador a la señorita Piernolina, ambos nos dirigíamos a
la planta baja, donde se encontraba el área de recursos humanos, para cobrar la
quincena. Ella y yo solos en el elevador. A propósito me le acerqué, mmm, qué
olor, qué aroma, su perfume era exquisito. Sin querer, cerré mis ojos,
imaginando que mis manos recorrían con fruición todos sus atributos corporales,
desde sus pies hasta subir a los muslos, cuando ella, por primera vez me
dirigió la palabra.
- Ya llegamos, ¿va usted a bajar?
- Sí, sí, lo siento, contesté.
Como tengo afición a
la lectura, un amigo muy cercano me había regalado un libro sobre “el poder está
en la mente”, de aquellos que hablan que todo lo que uno desea se debe de
visualizar en los pensamientos y darlo por hecho. Interesante, en pocas
palabras. Así que me imaginé todo el día, toda la semana, prácticamente todo el
mes que me encontraba a la mujer de sistemas, a la señorita Piernolina, y que
por fin conversábamos.
- Hey, deja de soñar despierto, me dijo mi jefe.
- Perdón señor, solo imaginaba.
Un viernes por la
tarde, a la hora de la salida, siendo final de mes, no tenía plan de salir a
ningún lado. Siendo soltero, me esperaría un fin de semana aburrido. Todos mis
amigos tenían invitaciones para ir a algún balneario o a algún lugar de
veraneo. Cuál va siendo mi sorpresa, que en el ascensor me encontré a la
señorita Piernolina, quien llevaba una minifalda que impactaba hasta al monje
más incólume. Sus piernas bien torneadas y bronceadas, no tenían necesidad de
vestir medias.
Así, de repente, me
agaché, mis dos manos se postraron en sus pies y poco a poco fueron subiendo
hasta la parte superior de sus muslos, percatándome que usaba una diminuta
tanga.
Paaaaf, tremendo
cachetadón recibí.
- Discúlpeme señorita Piernolina, lo siento mucho, advertí.
- Es usted un maniático sexual, un depravado, replicó ella.
- No volverá a suceder, en verdad, le ofrezco mil disculpas.
- Es usted un verdadero imbécil, a ver dígame, ¿por qué no lo había hecho antes?
Pasé el mejor fin de
semana de mi vida.
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