Acababa de llegar de Madrid, recibió allá el premio
Príncipe de Asturias por su brillante forma de escribir. Ese día, el escritor
Juan Buenaletra, había citado al joven reportero de la revista “Letras con
Libertad” para una entrevista en un reconocido restaurante de Polanco.
- Gracias por estos momentos Sr. Buenaletra, le agradezco la generosidad de su tiempo.
- A sus órdenes. El intercambio de ideas jamás lo he considerado un desperdicio del tesoro más preciado que tiene el ser humano, el tiempo. La mayoría de las personas en su lecho de muerte le ruegan a Dios un poco más de tiempo. Un poco más de tiempo, para que lleguen sus seres cercanos y charlen dos o tres minutos. Un poco más de tiempo, para por fin decir un te amo. Un poco más de tiempo para perdonar o para decir lo siento, me equivoqué. Un poco más de tiempo para irse en paz. Así que, joven amigo, dispongo hoy del tiempo suficiente para platicar con usted.
- Le agradezco nuevamente. Díganos Sr. Buenaletra, ¿Qué nos puede usted platicar sobre sus libros?
- Un escritor no habla de sus libros. Son los libros los que expresan sobre la vida, sobre las alegrías o tristezas del escritor. La mejor forma de conocer a un escritor es leyendo sus libros. Por eso todos tenemos, generalmente, un estilo. ¿Supongo que usted ya leyó mi última novela?
- Es correcto. Por cierto, formidable novela.
- A los escritores que tenemos años en ganarnos la vida de esta manera, en plasmar nuestras vidas a través del lenguaje escrito, no nos gusta que nos adulen, por el contrario, nos agrada la crítica.
- Entiendo, pero no quiero hacer una crítica a su última novela, quiero entrevistarlo, que nos hable de usted.
- Le comento joven amigo, no hay peor momento para un escritor, que alguien lo entreviste sin haber leído jamás un libro de su autoría. Es como entrevistar a un campeón de box sin siquiera haber visto la pelea.
Y así, transcurrieron los minutos, degustaban los
platillos españoles, como el delicioso bacalao a las vizcaínas, acompañados de
un Rioja de la reserva 2010, cuando el entrevistador le soltó la siguiente
pregunta:
- Sr. Buenaletra, estos apreciables momentos, más que una entrevista han sido una agradable charla, entre un premio Príncipe de Asturias y un joven párvulo como yo. Por último, ¿Podría decirme cuál es el tipo de mujer que le gusta a usted? ¿Qué tipo de fémina desconcierta su pensamiento para plasmar bellos poemas? ¿Qué tipo de mujer lo inspira en la intimidad de su ser? ¿Qué tipo de mujer le alborota su testosterona que hacen que sus impulsos lleguen hasta sus manos?
Sin pensarlo dos veces, el Sr. Buenaletra contestó
a rajatabla la pregunta del joven entrevistador.
- A mí me gustan las mujeres sin celulitis.
- ¿Cómo dice?
- Así como lo escuchó. Tengo una debilidad por las mujeres sin celulitis.
- ¿Tal cual aquella morena que atravesó la sala principal del restaurante? Se nota que hace ejercicio. Sus piernas estaban bien torneadas y sus glúteos estaban duros, duros como jícaras michoacanas, no tenía ni un gramo de grasa, ¿se percató Sr. Buenaletra?
- En lo absoluto.
- Entonces, no entiendo.
Habían
estado en aquella charla, en aquella entrevista, por más de dos horas cuando el
Sr. Buenaletra, disfrutando de un licor del 43 como digestivo, le comentó lo
siguiente:
- Disfruto mucho de la lectura, vivo de la escritura, sin embargo, mi verdadera pasión es la conversación. Poder admirar el rostro de mi interlocutor, poder intercambiar una mirada, una sonrisa, poder apreciar, a través de la palabra hablada, la historia de una persona.
- Entiendo Sr. Buenaletra.
- Mire, como aquella mujer sola, aquella mujer gorda con papada en el rostro. Desde hace rato la contemplo, solitaria, pensando en sus ayeres, o en sus proyectos, qué se yo.
- ¿Aquella mujer obesa Sr. Buenaletra? No comprendo.
- Sí joven amigo, es la única que no trae celular. Con permiso, voy de cacería.
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