jueves, 25 de junio de 2015

SOLILOQUIO DE UN CONDUCTOR EN MÉXICO, D.F.


Son las 7:00 de la mañana del primer lunes de abril, un lunes como cualquier otro. Hoy tendré una cita importante de negocios en la Casa de Bolsa donde laboro como apoderado para celebrar operaciones con el público inversionista, promotor pues, para los que no conocen el lenguaje bursátil, un ejecutivo de cuenta. El prospecto de cliente es extranjero, me comentó la semana pasada mi secretaria, con varios millones de pesos por invertir, lo cual me podría dejar una comisión muy importante, prácticamente para ya no trabajar el resto del año. La cita es a las 9:00 horas.

Vivo en la zona de Coapa, al sur del Distrito Federal. Así que enciendo mi GPS para que me indicara la mejor ruta, dándome el aparatito dos alternativas, prácticamente con el mismo tiempo de traslado. La primera, tomar Canal de Miramontes hasta el Circuito Interior, para posteriormente incorporarme a Reforma y salir a Arquimedes. La segunda, tomar Canal de Miramontes, incorporarse al periférico, salirme a la altura de Chivatito y luego tomar Arquimedes. Decidí, irme por el periférico, total, hay un segundo piso, y así evitaría los fastidiosos microbuses.

Salgo del fraccionamiento y me encuentro al vecino Arturo Avaricio, con tanto dinero y sigue manejando el Datsun 1980. ¡Qué jodido! ¿Para qué quiere tanto dinero? ¿No se puede comprar un mejor coche este desgraciado? Pero cuando se muera lo enterrarán y le arrojarán peso por peso en su tumba. Avaro, codo, amarrado. La gente anhela poseer mucho dinero, es sinónimo de éxito, pero luego no saben para qué usarlo.

¡Miren nada más! Al vecino José Vivedeprestado, que ni trabajo tiene, un pobre mugroso mantenido estrenando camioneta. De seguro este cuate lava dinero, supongo se dedica a algo turbio, sino de dónde sacaría para comprar camioneta nueva. Apuesto a que la está pagando en abonos, de seguro no tendrá que comer, pero eso sí, presumiendo lo que no tiene. Este mundo caray, a la gente le encanta comprar apariencias. La verdad es que su camioneta está flamante, pero mi carro yo lo pagué de contado, no le debo nada a nadie. Todavía me saluda moviendo la mano el señor Vivedeprestado, qué insolente, arrogante.

¡Está hasta la madre el tráfico! Seguro un policía está manipulando el semáforo, solo echan a perder la fluidez de la circulación vehicular. Pero bueno, pobres imbéciles, si hubieran estudiado no fueran policías.

¡No, no! Me acaban de lavar el carro cuate. Le dije a un limpiaparabrisas. Necio, no le importó, así que no tuve más remedio que darle la única moneda que traía.

  • ¡Un pinche peso! Te hace más falta a ti, viejo tacaño- Me dijo el desgraciado.



¡Avánzale, avánzale, ya está el siga! ¡Carajo! ¿Por qué no arrancan rápido? Sólo pasaron cuatro coches.

Ya está el siga, ¡Apúrate mujer! ¡Acelera! ¡No dejes que se te meta el micro, no dejes que se te meta el micro! Ya se te metió, ahora ya nos tapó la vista. Y todo por irse maquillando en el carro. ¿Por qué muchas mujeres tienen la costumbre de irse arreglando en sus coches? ¿Por qué no se levantan más temprano? Bueno, también hay muchos que desayunan en el auto, hasta el aguacate se les embarra en la ropa. Todo, por no levantarse más temprano. ¡Les encanta el estrés!

Otra vez la luz verde, en un nano segundo se escucha los cláxones de los vehículos mentando madres, más o menos como en un estadio de fútbol cuando al equipo favorito le marcan un penal que no era.

Por fin, logré pasar el semáforo, siendo ya las 7:15. Quince minutos para pasar el primer semáforo, no puede ser.

¡Chinga! Un bache, no lo vi. Pero eso sí, suben los impuestos y no pueden arreglar las calles. Hay más cenotes en Canal de Miramontes que en toda la península de Yucatán.

Quiero cambiarme al carril de la derecha, pongo mi direccional. Este taxista mala onda, no me dejó pasar. El carro de atrás, nuevecito, reluciente, me echó la lámina. Es absurdo como la gente prefiere rayar sus carros nuevos antes de denigrarse a dar el paso. Esta es la selva y el que tenga la lámina más gruesa será el vencedor.

Son las 7:30, ya estoy en el periférico parado, como si fuera estacionamiento. Estoy en el carril para subir al segundo piso. ¿Por qué no avanza? Para no desesperarme enciendo la radio para escuchar las noticias. 88.1 anuncios. Le cambio al 90.5, anuncios; le cambio al 100.1, también comerciales. ¿Pues que todas las estaciones de radio se ponen de acuerdo para mandar a anuncios comerciales al mismo tiempo?

Ya para subir al segundo piso, el tag del carro de adelante no fue leído electrónicamente, por lo que lo invitaron a salir del carril e incorporarse a la lateral.

El prepotente conductor alegaba y alegaba.

  • Pues a mí me vale, yo acabo de pagar y aquí está mi comprobante y paso porque paso- decía ufano.



Los trabajadores no le permitían el paso. El testarudo no avanzaba. Yo le tocaba el claxon y él me hacía señas con la mano de que me brincara si tenía tanta prisa.

¡Avánzale! Le grité. La fila estaba larguísima, los conductores desesperados, pero el obcecado conductor no se movía. Hasta que llegó un policía en motocicleta y le exigió a los trabajadores que levantaran la pluma y lo dejaran pasar. Seguro un naco influyente.

El segundo piso estaba a vuelta de rueda. Yo ya tenía ganas de orinar, ya no aguantaba. Las gotitas ya se me salían.

De repente que veo un carril cerrado. Resulta que estaban haciendo mantenimiento, a la hora pico, ya ni la hacen estos tipos de la delegación. Todos los automovilistas cuando pasaban por ahí les recordaban a sus progenitoras.

Por fin, iba llegando a Polanco. Para mi sorpresa, no había lugar en donde estacionarse. Tuve que ir a aparcar el carro a un Sanborns a cinco cuadras de la oficina. De pasadita aproveché para ir al baño. ¡Ahhh! Uno de los mayores placeres de la humanidad es vaciar la vejiga cuando ésta está llena. Aproveché, me lavé las manos, me quité el sudor de la frente y me acomodé el cabello.

Llegué corriendo a la oficina. Con una mentalidad ganadora. Ya me veía firmando el contrato de intermediación bursátil con el cliente. Había hecho planes de cambiar de carro y de irme de vacaciones con la familia con la comisión que me dejaría la inversión de este importante sujeto.

Eran las 9:05. Saludé a mi secretaria y le pregunté si estaba lista la sala de juntas y el café para recibir al cliente, a lo que ella me contestó.

  • El señor Adam Lawson, inglés él, se cansó de esperarlo. Se retiró muy indignado, hablando pestes de la puntualidad mexicana.
  • ¿Pues cuánto tiempo esperó?
  • Más de media hora. Oiga jefe, ¿no se acordó que hubo cambio de horario de verano? Ya son las 10:05.

viernes, 19 de junio de 2015

TRESCIENTOS MIL


Siempre me caractericé por ser un buen estudiante. Mi habilidad con los números la había adoptado desde muy pequeño. Se me facilitaban las sumas y las restas mucho antes de entrar a la escuela primaria. Cuando mis padres me llevaban al colegio para no aburrirme en el tráfico solía sumar los números de las placas de los automóviles. Con mayor destreza, fui multiplicándolos, todo en forma mental. Obtuve muchos trofeos y medallas en concursos de matemáticas, mismos que aún conservo.

 

Decidí estudiar una carrera universitaria que tuviera relación directa con los números. Tenía como alternativas elegir matemáticas, actuaría, física, alguna ingeniería, o bien contabilidad. Como mis amigos siempre decían que había tres tipos de mujeres, las bonitas, las feas y las de ingeniería, opté mejor por estudiar contaduría, ya que la facultad de contaduría y administración era famosa por tener más estudiantes mujeres que varones, y como soy de ojo alegre, me decidí estudiar esa carrera.

 

Para mí fue fácil encontrar un empleo antes de terminar mis estudios, los despachos de contabilidad contrataban con bajos sueldos a los estudiantes, pero los recompensaban con la experiencia de saber cargar y abonar y conocer de aspectos fiscales, de deducciones y alguna que otra estrategia para pagar la menor cantidad de impuestos, siempre en el marco de la ley.

 

Al terminar mi carrera y obtener el título de contador público, con la arrogancia que esto proporciona, comencé a exigir mayor sueldo al socio del despacho. Al negarse éste a dármelo, renuncié y comencé a trabajar por honorarios en una institución bancaria en el área de control fiscal.

 

Yo, Luis Tendejón, me percaté que en las escuelas y en las universidades no te enseñan cómo enfrentar los retos de la vida, tanto personales como profesionales. Las cuestiones verdaderamente importantes y trascendentales de la existencia del ser humano no pasan por las aulas. Infortunadamente, esto es una realidad.

 

Con diez años de experiencia en la institución bancaria, yo observaba como mis compañeros se conformaban con elaborar bien su trabajo, esperando puntualmente recibir su quincena, sin tener la mayoría de ellos una aspiración profesional y monetaria superior. Todos ellos habían estudiado con el objetivo de trabajar en una empresa, llegar a ser gerentes o directores de las mismas, con un sueldo fijo. Sin embargo, los socios del banco se enriquecían, con transacciones legales, mientras que los demás solo aspiraban a un ingreso fijo y a escalar jerárquicamente dentro de la organización solo si el jefe inmediato dejaba su puesto.

 

Esto me hace pensar  que algo está mal en los planes de estudio de prácticamente todas las universidades. Si nuestro país necesita de empleos para erradicar la pobreza extrema que nos aqueja, esto se dará sí y solo sí se constituyeran más empresas. Las universidades forman a empleados y no a empresarios. Esto debe cambiarse. Debemos modificar la enseñanza superior con el objetivo de formar empresarios. Pero, siempre existe el temor al fracaso, es una realidad. Desgraciadamente, los mexicanos somos muy adversos al riesgo, preferimos un sueldo bajo fijo, que arriesgar nuestro patrimonio, pero aborrecemos a los extranjeros que invierten su capital y lo multiplican en nuestro país.

 

Después de pensarlo bien, decidí renunciar a mi puesto en el banco y abrir mi propia empresa. Pero no tenía capital suficiente y los intermediarios financieros no prestaban a los jóvenes emprendedores. Decidí, por lo tanto, financiarme a través del impuesto al valor agregado y del impuesto sobre la renta que debería declarar al fisco por mis percepciones por honorarios. Era algo muy arriesgado, pero grandes criminales andaban sueltos, así que según yo, la probabilidad de que me detuvieran y me enviaran a la cárcel por fraude fiscal por no enterar el IVA era prácticamente nula.

 

Tenía ya cuatro meses con mi empresa, una mercería que había establecido en el centro de la ciudad, la cual generaba diez empleos, las suficientes utilidades y los suficientes ingresos propios, casi duplicando el sueldo que tenía en el banco. Un día, me llegó una carta del Servicio de Administración Tributaria, donde se notificaba un crédito fiscal exigible por trescientos mil pesos. Dicha cantidad no la pude pagar, había vendido todos mis activos, coche, aparatos electrónicos para invertirlos en la renta anticipada del local y en capital de trabajo de la mercería. Al no poder pagar, se me acusó de fraude fiscal, causando una quiebra irreparable a la hacienda pública, por lo que pasé dos años en prisión.

 

En la cárcel, los custodios me llamaban delincuente de cuello blanco, por lo que los presidiarios que estaban cumpliendo condenas por robar pan, a diario me ponían unas tundas, ya que según ellos, por culpa de personas como yo, el gobierno no podía disponer de mayores recursos destinados al combate a la pobreza. Para ellos yo representaba a la burguesía, aprovechando los recursos en detrimento de la mayoría proletaria. Los buenos contra los malos.

 

Al cumplir mi condena y al abandonar la cárcel, necesitaba ingresos para sobrevivir, sin embargo por mis antecedentes penales nadie me contrataba. Me acordé de un viejo amigo de la facultad de contaduría, llamado Rafael Carogourmet, quien administraba el restaurante Champs Elysées en la Zona Rosa de la ciudad de México.

 

  • Lo único que puedo hacer por ti, Luis Tendejón, es ofrecerte el puesto de mesero en las salas privadas y tus ingresos serán las propinas que dejen los comensales- me dijo Rafael Carogourmet.
  • Lo acepto, sin restricción alguna- le comenté.

 

Antes de presentarme al siguiente día a trabajar, leí todos los periódicos de circulación nacional, por si algún comensal se dignaba a dirigirme la palabra y así poder tener tema de conversación y estar actualizado sobre el acontecer nacional e internacional.

 

Todos los diarios hacían énfasis en el recorte presupuestal que hizo el gobierno federal derivado de la caída en los precios internacionales del petróleo, lo que representa el 28% de los ingresos de la federación. Se ufanaban, tanto el presidente, como los secretarios de estado, que por ningún motivo se permitiría el despilfarro de los recursos. Que la sociedad y gobierno tenían que amarrarse el cinturón, para hacer frente a esta disminución de recursos. Ante estas medidas de austeridad, pronto se sortearía este panorama y se saldría de la crisis financiera, se tendrían más recursos destinados al beneficio social, causa ganada en la revolución mexicana.

 

Al llegar al restaurante Champs Elysées, mi amigo Rafael Carogourmet me asignó una sala privada en el tercer nivel, en donde asistiría un alto funcionario del gobierno federal.

 

  • Luis, esta será tu prueba de fuego, atiende a la perfección a este cliente asiduo de nuestro restaurante- me dijo Carogourmet.
  • ¿Quién es ese funcionario?- cuestióné.
  • Es el Dr. Mateo Todoparacá, el Presidente del Servicio de Administración Tributaria- me dijo.
  • Descuida, lo atenderé con todo el servilismo y gusto del mundo- atiné a decir.

 

En punto de las 21:00 horas, llegó elegantemente vestido, pero sin compañía el Dr. Todoparacá. Le di la bienvenida y le pregunté si esperaba a alguien más.

 

  • En esta ocasión vengo solo- comentó el Dr. Todoparacá.
  • En una noche tan espléndida, una fina compañía le hubiera caído bien Dr. Todoparacá- le dije.
  • Sí lo sé, pero esta ocasión deseo estar solo. Sabe, ando un poco deprimido-me comentó.
  • Siendo así, ¿qué le puedo brindar para empezar?- le sugerí.
  • Por favor, tráigame una botella de Chateau Petrus Reserva 1990- me ordenó

 

¡Caray! – pensé-. Esta botella tiene un precio de $100,000.

 

  • ¿Apetece alguna entrada Dr. Todoparacá?
  • Solo tomaré vino - me contestó.

 

Este asiduo comensal estuvo un poco más de tres horas en el restaurante, tiempo en el cual le descorché tres botellas de vino de la misma elección, la cuales consumió completas.

 

Al darle la cuenta, me percaté que iba a pagar con la tarjeta corporativa que el gobierno federal otorga a sus altos funcionarios, es decir, con cargo al erario público.

 

  • Permítame ofrecerle, como cortesía de la casa, una copa de Grand Armagnac de Maubec, para que termine espléndidamente esta velada- sugerí.
  • Agradezco el detalle, joven amigo- contestó.

 

Al día siguiente, en cadena nacional, se daba a conocer la noticia de que habían encontrado en su domicilio muerto a un alto funcionario del Servicio de Administración Tributaria. Se trataba nada más y nada menos que del Dr. Mateo Todoparacá.

 

Los médicos forenses, al practicarle la autopsia de rigor, informaron que el Dr. Todoparacá había ingerido una cantidad elevada de alcohol, sin embargo lo que provocó su fallecimiento fue el efecto de un fuerte veneno.

 

Para fortuna mía, yo ya había abandonado el país.

viernes, 12 de junio de 2015

EL MEJOR FIN DE SEMANA DE MI VIDA


Tenía cinco años de trabajar en el área de contraloría interna de una empresa de telecomunicaciones. Mis compañeras de oficina, las que estaban bonitas eran extremadamente delgadas; las que estaban voluptuosas, su rostro no era atractivo. En pocas palabras, no había una combinación perfecta, físicamente hablando. Muchas de ellas, por supuesto, eran inteligentes, grandes conversadoras, pero yo necesitaba motivación visual. Sentirme atraído por una hembra verdadera.

En aquella empresa con más de mil empleados, distribuidos en quince pisos de oficinas, era prácticamente imposible conocer a todo el personal. En una fiesta de fin de año, todos los empleados solíamos sentarnos en las mesas con nuestros compañeros de área o de departamento, en lugar de aprovechar la ocasión y entablar conversación con personas de áreas distintas. Sentado, tomándome un whisky, viendo bailar a los amigos, me percaté que una mujer tenía un rostro bellísimo, una cintura de avispa, sus piernas estaban bien formadas, con horas de gimnasio. Esa chica debe ser nueva, me pregunté, jamás la había visto. Indagando, me enteré que tenía dos años en la empresa, era la asistente del área de sistemas. Su nombre era Claudia Piernolina, chica taciturna, que le molestaba estar acompañada, seria, pero muy diestra en el manejo de los sistemas computacionales. 

En una ocasión coincidimos en el elevador, llevaba una minifalda que dejaba ver sus encantos, sus pantorrillas estaban perfectas, sus muslos eran una invitación a tener los peores pensamientos concupiscentes, su rostro era bello, cual miembro de la realeza. La saludé, quería presentarme, me ignoró, como si yo no existiera.

En otra ocasión, me topé en la puerta del elevador a la señorita Piernolina, ambos nos dirigíamos a la planta baja, donde se encontraba el área de recursos humanos, para cobrar la quincena. Ella y yo solos en el elevador. A propósito me le acerqué, mmm, qué olor, qué aroma, su perfume era exquisito. Sin querer, cerré mis ojos, imaginando que mis manos recorrían con fruición todos sus atributos corporales, desde sus pies hasta subir a los muslos, cuando ella, por primera vez me dirigió la palabra. 

  • Ya llegamos, ¿va usted a bajar?
  • Sí, sí, lo siento, contesté.

Como tengo afición a la lectura, un amigo muy cercano me había regalado un libro sobre “el poder está en la mente”, de aquellos que hablan que todo lo que uno desea se debe de visualizar en los pensamientos y darlo por hecho. Interesante, en pocas palabras. Así que me imaginé todo el día, toda la semana, prácticamente todo el mes que me encontraba a la mujer de sistemas, a la señorita Piernolina, y que por fin conversábamos.

  • Hey, deja de soñar despierto, me dijo mi jefe.
  • Perdón señor, solo imaginaba.



Un viernes por la tarde, a la hora de la salida, siendo final de mes, no tenía plan de salir a ningún lado. Siendo soltero, me esperaría un fin de semana aburrido. Todos mis amigos tenían invitaciones para ir a algún balneario o a algún lugar de veraneo. Cuál va siendo mi sorpresa, que en el ascensor me encontré a la señorita Piernolina, quien llevaba una minifalda que impactaba hasta al monje más incólume. Sus piernas bien torneadas y bronceadas, no tenían necesidad de vestir medias.

Así, de repente, me agaché, mis dos manos se postraron en sus pies y poco a poco fueron subiendo hasta la parte superior de sus muslos, percatándome que usaba una diminuta tanga. 

Paaaaf, tremendo cachetadón recibí.

  • Discúlpeme señorita Piernolina, lo siento mucho, advertí.
  • Es usted un maniático sexual, un depravado, replicó ella.
  • No volverá a suceder, en verdad, le ofrezco mil disculpas.
  • Es usted un verdadero imbécil, a ver dígame, ¿por qué no lo había hecho antes?

Pasé el mejor fin de semana de mi vida.

miércoles, 10 de junio de 2015

EL ESTRÉS DEL JOVEN TESORERO


Una jornada laboral de 9:00 a 18:00 horas le era insuficiente. Sus plegarias al Dios Cronos de aumentar el día a treinta y seis horas no le eran escuchadas. Desde que llegaba temprano a la oficina tenía que revisar los saldos de las diez cuentas bancarias de la empresa, así como los depósitos referenciados de las cuarenta sucursales, que debía monitorear prácticamente en tiempo real. Además, le obligaba entablar comunicación con los ejecutivos bancarios y de casas de bolsa para obtener los mayores rendimientos sobre las inversiones por más de mil millones de pesos que tenía bajo su custodia.

El joven Jorge Moremoney, quien es el tesorero de una empresa financiera del estado de Jalisco, vivía en constante estrés. A parte de su trabajo habitual, tenía que lidiar con los requerimientos absurdos de su jefe, el Director General de la empresa, el Sr. Jaime Malacara, un norteño hedonista que desconfiaba hasta de su propia sombra. Todos los días el Sr. Malacara exigía que en su escritorio se hallara un reporte del saldo total de las cuentas de cheques, así como de las inversiones de tesorería.

El Sr. Malacara, generalmente, a los tres minutos de haber llegado a su despacho le exigía a su secretaria, la Srita. Alicia Buenrostro, que le llamara inmediatamente al joven Moremoney en virtud de que su reporte tenía inconsistencias.

  • Buenos días Sr. Malacara, ¿en qué puedo servirle? Comentaba el apacible tesorero.
  • Usted no me sirve para nada, replicó el Director General. Lleva aquí más de diez años y nunca cuadra este reporte sobre el estado de las cuentas bancarias y de las inversiones con el monitor que me indica la banca electrónica. Ni un solo día en diez años me ha cuadrado. Ya me tiene usted harto. ¿Qué me va a explicar ahora? ¿Cuál es el pretexto?
  • Ningún pretexto Sr. Malacara. Es que tenemos partidas en conciliación. Hemos entregado cheques a nuestros proveedores, acreedores y ahorradores que aún no han depositado, por tal motivo, no se refleja en el saldo real de la banca electrónica. Mi reporte considera descontado esos cheques.
  • Siempre me comenta usted lo mismo. Yo quiero ver que las cifras de su reporte correspondan con lo que dice el monitor en la banca electrónica, ¿es muy difícil hacer esto? ¿Es usted capaz o traigo a otra persona? Mire que su puesto lo solicitan muchas personas. Le exijo que haga bien su trabajo.

 

La Srita. Buenrostro, la chica más bella y asediada de la empresa, siempre le daba ánimos al joven tesorero, le comentaba que su labor era asequible, con un poco más de paciencia y manejo de estrés, poco a poco podría lograr lo que su jefe solicitaba. Ella, en su afán de apoyar al joven Moremoney le sugirió lo siguiente:

  • Deberías de hacer ejercicio Jorge, debes de canalizar todo el estrés y toda la adrenalina que llevas dentro, si no, pronto te dará un infarto.
  • Agradezco tus palabras Alicia. Precisamente un amigo me sugirió, hace tiempo, lo mismo. Así que los sábados y domingos suelo jugar tenis. No sabes cómo me ha ayudado para mantenerme vigoroso los cinco días laborables. Con ansiedad espero los sábados, para agarrar mi raqueta y pegarle duro a la pelota, y así poder desfogar todo mi estrés, en cada drive, en cada revés, en cada volea. Pero sobre todo, el saque, me libera muchísimas endorfinas, me siento pleno.

 

No había día que el Sr. Malacara, uno o dos minutos antes de las 15:00 horas, horario en el cual se cierran las inversiones, solicitaba hablar con el joven Moremoney.

  • Necesito urgentemente una transferencia, para un préstamo a una filial de la empresa, por un millón trescientos mil pesos.
  • Por supuesto, en un minuto lo tendrá.


 

Y así, pasaban los días, y habitualmente, antes del cierre de las inversiones, sonaba el teléfono de tesorería, era el Sr. Malacara, solicitando una transferencia de seis dígitos.

Como ya era costumbre que antes del cierre de las inversiones se presentara un requerimiento de fondos de emergencia, el joven Moremoney tomó la decisión de reservar aproximadamente dos millones de pesos, mismos que en ocasiones dejaba sin invertir.

Cuando el Sr. Malacara se enteró de los montos que no se invertían, mandó llamar al joven tesorero, comentándole que el costo de oportunidad por dejar de invertir esos recursos se los iban a descontar de su sueldo. Había que obtener el mayor beneficio posible y no dejar ni un peso sin invertir en instrumentos del mercado de dinero.

A pesar de tanto regaño, de tan asiduos insultos, a pesar de las muestras de rechazo que le profesaba el Sr. Malacara, el joven tesorero se mantenía incólume, tratando de establecer los mayores controles internos, para contar con las evidencias de que su actuar era ético y honorable.

En todas las revisiones de auditoría interna, así como en todas las conciliaciones bancarias, nunca había diferencias. No había pruebas de desfalcos o de malas prácticas que pusieran en riesgo los recursos de la tesorería de la empresa. Sin embargo, el Sr. Malacara dudaba de la honorabilidad del tesorero, hasta cámaras ocultas mando instalar en su oficina, para vigilarlo constantemente.

 

 

 

El joven Moremoney, como cada fin de semana, practicaba el tenis para distracción y liberar el estrés. Cada día mejoraban sus saques, sus drives, sus reveses, sus voleas, sin duda las iba perfeccionando. Ya era ampliamente conocido en el Tenis Country Club del estado de Jalisco.

Así que al sentirse tan seguro de su condición física y de su habilidad en el manejo de la raqueta, decidió inscribirse al torneo estatal de tenis, mismo que se llevaría a cabo en las instalaciones del club que solía frecuentar.

Para sorpresa del joven Moremoney, llegó a la final del torneo, mismo que se disputaría el siguiente fin de semana, con un premio garantizado de cien mil pesos, más la oportunidad de representar al estado de Jalisco en el abierto nacional.

Transcurrió la semana, ya siendo viernes por la tarde, con el estrés debido, el cansancio habitual, no deseaba otra cosa, no tenía en mente otro pensamiento más que jugar la final del torneo el día siguiente. El joven tesorero, cuando abandonó su oficina, se despidió de la Srita. Buenrostro para invitarla a verlo jugar en la final del torneo. Ambos se coqueteaban, aunque a decir verdad, el joven Moremoney no era del gusto de la Srita. Alicia, pero se caían bien, compartían la misma afinidad de odiar a su jefe.

Una vez ya en el club, cual va siendo la sorpresa del joven Moremoney, que su rival en la final era nada más y nada menos que su jefe, el Director General de la empresa financiera donde labora, el Sr. Jaime Malacara. Cuando ambos se vieron en el vestidor, quedaron estupefactos.

  • ¿Qué haces aquí? Replicó el Sr. Malacara.
  • Soy jugador de tenis, todos los fines de semana practico, he mejorado mucho, así que me inscribí al torneo y llegué a la final.
  • Con razón descuidas tu trabajo, por andar en torneos perdiendo el tiempo.
  • Lo hago solamente los fines de semana.
  • Los sábados y domingos los deberías de ocupar en leer, en estudiar, que tanta falta te hace.


 

En fin, comenzó el torneo, se proclamaría campeón quien ganara dos sets.

Esta oportunidad de venganza jamás había pasado por la mente del joven Moremoney. Él no era así, pero se había presentado la ocasión de darle una reprimenda a su jefe, en un ámbito fuera de las finanzas, pero al fin y al cabo una lección.

El joven Moremoney tenía la destreza que se alcanza con la práctica diaria. En cada saque, en cada derecha, en cada revés, se imaginaba que le daba un golpe en el rostro a su jefe. Y ahora lo tenía de rival, lo tenía enfrente.

Como estrategia, decidió alargar el juego. El primer set lo ganó 7-6 y en muerte súbita 14-12. El segundo set, se dejó perder 6-7 y en muerte súbita 16-18.

Último set, un joven de 30 años, contra un Sr. maduro de 55 años. ¿Quién ganará? ¿Quién tendrá el privilegio de representar al estado de Jalisco en el abierto nacional? Mucho más agotado el Sr. Malacara, pero pensando que podía humillar también en el deporte al joven Moremoney, comenzó su saque. El joven Moremoney le contestaba y mandaba la pelota de un lado a otro de la cancha, lo hacía a propósito, para cansarlo, para agotarlo.

Marcador en el tercer set, 5-4, sacando el Sr. Malacara 30-40, oportunidad de quebrar y punto para campeonato del Sr. Moremoney. El público presente se levanta de sus asientos, no da crédito a los que sus ojos observan. El Sr. Malacara se desploma en la cancha. Entran los paramédicos, solicitan llevarlo urgentemente al hospital más cercano. Estaba a punto del infarto, posiblemente debido al esfuerzo físico que le propinó el joven tesorero. 

En la ceremonia de premiación, a punto de recibir la medalla y el trofeo de vencedor del torneo estatal, suena el celular del joven Moremoney. Le llamaba el Sr. Malacara.

  • Jorge te exijo que hagas inmediatamente una transferencia al hospital “Jesús te Cuida”, no me reciben sin un depósito, mi tarjeta de crédito está bloqueada. ¡Es una emergencia! ¡Hazlo ya!
  • Lo siento Sr., hoy es sábado, el banco está cerrado.


lunes, 1 de junio de 2015

LENGUAJE HABLADO


 

Acababa de llegar de Madrid, recibió allá el premio Príncipe de Asturias por su brillante forma de escribir. Ese día, el escritor Juan Buenaletra, había citado al joven reportero de la revista “Letras con Libertad” para una entrevista en un reconocido restaurante de Polanco.

 

  • Gracias por estos momentos Sr. Buenaletra, le agradezco la generosidad de su tiempo.
  • A sus órdenes. El intercambio de ideas jamás lo he considerado un desperdicio del tesoro más preciado que tiene el ser humano, el tiempo. La mayoría de las personas en su lecho de muerte le ruegan a Dios un poco más de tiempo. Un poco más de tiempo, para que lleguen sus seres cercanos y charlen dos o tres minutos. Un poco más de tiempo, para por fin decir un te amo. Un poco más de tiempo para perdonar o para decir lo siento, me equivoqué. Un poco más de tiempo para irse en paz. Así que, joven amigo, dispongo hoy del tiempo suficiente para platicar con usted.
  • Le agradezco nuevamente. Díganos Sr. Buenaletra, ¿Qué nos puede usted platicar sobre sus libros?
  • Un escritor no habla de sus libros. Son los libros los que expresan sobre la vida, sobre las alegrías o tristezas del escritor. La mejor forma de conocer a un escritor es leyendo sus libros. Por eso todos tenemos, generalmente, un estilo. ¿Supongo que usted ya leyó mi última novela?
  • Es correcto. Por cierto, formidable novela.
  • A los escritores que tenemos años en ganarnos la vida de esta manera, en plasmar nuestras vidas a través del lenguaje escrito, no nos gusta que nos adulen, por el contrario, nos agrada la crítica.
  • Entiendo, pero no quiero hacer una crítica a su última novela, quiero entrevistarlo, que nos hable de usted.
  • Le comento joven amigo, no hay peor momento para un escritor, que alguien lo entreviste sin haber leído jamás un libro de su autoría. Es como entrevistar a un campeón de box sin siquiera haber visto la pelea.

 

Y así, transcurrieron los minutos, degustaban los platillos españoles, como el delicioso bacalao a las vizcaínas, acompañados de un Rioja de la reserva 2010, cuando el entrevistador le soltó la siguiente pregunta:

 

  • Sr. Buenaletra, estos apreciables momentos, más que una entrevista han sido una agradable charla, entre un premio Príncipe de Asturias y un joven párvulo como yo. Por último, ¿Podría decirme cuál es el tipo de mujer que le gusta a usted? ¿Qué tipo de fémina desconcierta su pensamiento para plasmar bellos poemas? ¿Qué tipo de mujer lo inspira en la intimidad de su ser? ¿Qué tipo de mujer le alborota su testosterona que hacen que sus impulsos lleguen hasta sus manos?

 

Sin pensarlo dos veces, el Sr. Buenaletra contestó a rajatabla la pregunta del joven entrevistador.

 

  • A mí me gustan las mujeres sin celulitis.
  • ¿Cómo dice?
  • Así como lo escuchó. Tengo una debilidad por las mujeres sin celulitis.
  • ¿Tal cual aquella morena que atravesó la sala principal del restaurante? Se nota que hace ejercicio. Sus piernas estaban bien torneadas y sus glúteos estaban duros, duros como jícaras michoacanas, no tenía ni un gramo de grasa,  ¿se percató Sr. Buenaletra?
  • En lo absoluto.
  • Entonces, no entiendo.

 

Habían estado en aquella charla, en aquella entrevista, por más de dos horas cuando el Sr. Buenaletra, disfrutando de un licor del 43 como digestivo, le comentó lo siguiente:

 

  • Disfruto mucho de la lectura, vivo de la escritura, sin embargo, mi verdadera pasión es la conversación. Poder admirar el rostro de mi interlocutor, poder intercambiar una mirada, una sonrisa, poder apreciar, a través de la palabra hablada, la historia de una persona.
  • Entiendo Sr. Buenaletra.
  • Mire, como aquella mujer sola, aquella mujer gorda con papada en el rostro. Desde hace rato la contemplo, solitaria, pensando en sus ayeres, o en sus proyectos, qué se yo.
  • ¿Aquella mujer obesa Sr. Buenaletra? No comprendo.
  • Sí joven amigo, es la única que no trae celular. Con permiso, voy de cacería.

CONTERTULIOS ANONADADOS



En una mañana fresca y soleada de domingo, dos compadres en completo estado etílico estaban ya aburridos de disfrutar los placeres de Dionisio, así que sin más preámbulo uno de ellos se dirigió al otro.

  • Compadre, ¿y si vamos a ejercer nuestro derecho cívico y vamos a votar?
  • La razón te asiste compadre, me parece una idea genial, mi querido amigo, padre de mis ahijados.

Una vez en las urnas, ambos discutían sobre por quién votar.

  • Votemos por el azul del cielo, hoy amaneció despejado.
  • No compadre, mejor por el sol que nos calienta y alumbra nuestro porvenir.
  • Ya sé, por nuestra virgencita, en agradecimiento a tantos momentos de dicha y placer.
  • Mejor por los colores de la bandera, porque como México no hay dos.
  • ¿Y si mejor nos volvemos verdes? Mmm, bueno, nada más decía.

Al verse indecisos sobre el futuro del país, decidieron ejercer su voto echando suerte como si estuvieran jugando ambiciosa con el cubilete.

Después de haber votado y con sus pulgares entintados, con tremenda parsimonia, se dirigieron a curarse la cruda con unos chilaquiles bien picosos acompañados de tepache.


 

En vísperas del anochecer, los invitados pertenecientes a la academia de intelectuales iban llegando a la casa de la Dra. Sabia de la Cabeza, principal promotora del voto nulo, quien había convocado a una tertulia para discutir sobre los resultados preliminares de la elección. Aún, no hay evidencia empírica ni científica de la correlación negativa entre los privilegiados de mente con el agua y jabón. Andrajosos, con copos de nieve sobre sus sacos negros de pana, se disponían a degustar vinos y mezcal, como preámbulo del programa televisivo del INE que dará a conocer los resultados preliminares.

En punto de las 20:00 horas de aquel domingo, se enlazan en cadena nacional desde las instalaciones del INE para dar a conocer los resultados de dicha jornada electoral. El presidente del INE, mejor conocido como el llanero solitario, comenzó su informe.

  • El número de participantes en esta elección es histórica. Tuvimos una participación ciudadana del 83%, lo que representa 696,969 mujeres y hombres mexicanos que ejercieron su derecho ciudadano de acudir a las urnas.

Al finalizar el informe del presidente del INE, los intelectuales asistentes a la tertulia política en la casa de la Dra. Sabia de la Cabeza, no daban crédito a que el candidato más corrupto, el más incompetente, quien tenía un historial de fechorías, que bien podría llenar un directorio telefónico con las mismas, había sido el vencedor de dicha contienda electoral.

En entrevista para una estación de radio, famosa porque es la única que tiene la razón y la verdad absoluta sobre el acontecer nacional, el presidente del INE contestaba las preguntas de la conductora.

  • Los resultados preliminares son inverosímiles. Las encuestas daban como ganador al candidato independiente. ¿Otra vez estuvieron vendidas las casas encuestadoras? ¿Falló la metodología? ¿Qué sucedió?

  • Esta situación es ininteligible. Estas son, sin duda, elecciones históricas por dos motivos: el primero, nunca antes en nuestra consolidada democracia habíamos tenido una participación ciudadana superior al 80% del padrón electoral. El segundo, a pesar de que 696,969 personas acudieron a las urnas, hubo solamente un voto efectivo. Como lo escuchas, solamente un voto válido.

Todos los intelectuales asistentes a la tertulia quedaron boquiabiertos, estupefactos ante la noticia. Uno de ellos, sin embargo, estaba feliz ante su poder de convocatoria en Twitter y Facebook, persuadiendo a su público para anular su voto. Tenían más impacto sus palabras escritas en 140 caracteres que un millón de spots en radio y televisión, así como de la contaminación visual de los espectaculares.


 

En “La Biblioteca”, concurrida cantina donde los estudiantes mataban clase, los dos compadres charlaban.

  • Oye compadre, aunque el voto es secreto, ¿por quién ensuciaste tu dulce pulgar?
  • Anulé mi voto.