lunes, 19 de octubre de 2020

ESTEREOTIPOS

 


Hace unos días, la maestra de mi hija les preguntó a sus alumnos si sabían el significado de la palabra “estereotipo”. La mayoría de los estudiantes contestó negativamente. La maestra explicó su significado y puso dos o tres ejemplos. Con base en esa palabra, deseo compartir los estereotipos más visibles en nuestra sociedad, desde mi punto de vista.

 

En algún lugar, hace muchos años, un señor poderoso y muy rico trataba con desprecio y arrogancia a las personas que él consideraba inferiores. Y es así como la gente que tiene o aparenta tener dinero trata con desprecio y petulancia a quienes pasan por su lado, como si ser mamón fuera el estereotipo de la gente adinerada. Considero que no es así, pero se copian los comportamientos. Ser fantoche da estatus.

 

En algún lugar, hace muchos años, un político muy admirado de la vieja guardia comenzó a hablar pausado, sin ton ni son y prácticamente toda la clase gobernante inició sin tapujos a hablar de la misma manera. De los más absurdo, pero había que emular al poderoso político, a aquel que cambiaría el destino de varios compatriotas. No sé si cambió el destino para bien o para mal, pero cambió el destino, sin duda.

 

Los intelectuales tienen una forma muy peculiar de hablar y de escribir, de comportarse en los lugares públicos, obsérvenlos bien. En algún lugar, hace muchos años, un intelectual habló en forma poco clara, con un lenguaje abstracto quien nadie entendía. Muchas personas quedaron sorprendidas ante el lenguaje de tal eminencia, aunque no hayan comprendido nada en lo absoluto. Hoy en día, quienes se jactan de pertenecer a ese mundo intelectual emulan el lenguaje abstracto y sin sentido. Escúchenlos.  Ni se diga de su forma de escribir. Generalmente, su escritura carece de fluidez. Abusan de las citas, de las comillas, de los paréntesis y del sinsentido de sus palabras. Léanlos. El comportamiento en lugares públicos como en restaurantes, bares, cafés es el mismo de prácticamente todos ellos. El estereotipo clásico de los intelectuales es reírse de cosas estúpidas. Se carcajean de comentarios tan ruines que hasta pena ajena da escucharlos. Véanlos.

 

Analicen el comportamiento de la clase media, que muchos dicen que ya no existe. La clase media es aquella que tiene una casa propia o rentada de dos o tres recámaras, que se puede bañar, si quiere, a diario y que tiene el lujo de comer tres, cuatro o cinco veces al día, por aquello de las dietas. La clase media se puede dar el placer de ir de vacaciones una o dos veces al año y tener un carro o una camioneta pagada de contado o a crédito. Los hijos de algunos clasemedieros estudian en colegios particulares, tan buenos o malos como las escuelas públicas, punto. Algunas personas envían a estudiar, con muchísimo sacrificio, a sus hijos a universidades privadas, en donde se copian más estereotipos de gente que se cree superior, mamonsísima, de otra especie y que generalmente terminan sus estudios siendo unos buenos para prácticamente nada, así de triste. Los clasemedieros no tienen yates, ni condominios en Nueva York, Londres o París, y mucho menos se desplazan en helicóptero. Clase media, nada más. Observen cómo actúan. Van de compras baratas a San Antonio y se creen conocedores del mundo. Quienes tienen la oportunidad de ir a París ya quieren leer a Camus, Víctor Hugo, Flaubert y los más románticos al autor de “El Principito”. Por dos museos que visitaron se convierten en expertos en pintura, en escultura, y por las compras que hacen en Carrefour para cenar, en donde el vino es más barato que el agua Evian, ya se sienten expertos catadores. Analícenlo, es el estereotipo de la clase media. Alguien lo hizo en algún lugar, hace muchos años y los demás copiaron el comportamiento.

 

A lo largo de mi vida he convivido con gente de izquierda, quienes siempre se han creído intelectual y moralmente superiores a quienes piensan distinto. El estereotipo del ser humano de izquierda es tener una inquebrantable amistad con la mugre y la facha. Desconozco la razón del pleito constante con el agua y el jabón, del arreglarse correctamente y acomodarse el cabello. Mírenlos, todos desean emular a Carlos Marx, tipo que, según sus biógrafos, era sucio y despreciable. En verdad, desconozco la causa del uso del morral y los huaraches. Alguien de izquierda quien no se bañaba comenzó, hace muchos años y en algún lugar, a usar morral y caminar prácticamente descalzo y quienes compartían su ideología trataron de emularlo. Mírenlos, están por todos lados.

 

Y así somos los seres humanos. Tratamos de ser como nuestros héroes. Queremos parecernos a quienes admiramos. Vale más la autenticidad, aunque nadie nos emule. Vivamos libres, tanto de pensamiento como de comportamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 21 de marzo de 2017

LA BALSA DE LA MEDUSA (THÉODOR GÉRICAULT, 1819)





Esta obra maestra de la pintura del romanticismo francés se exhibe en el museo de Louvre en París, Francia. Se han dado muchas interpretaciones sobre su significado, de hecho, también es conocida como el retrato de la desesperación y la esperanza.

Me permito hacer una interpretación de esta pintura en el contexto que estamos viviendo hoy en México.

Todos estamos en esta balsa llamada México. Hoy hemos naufragado. No hemos sido capaces como sociedad de mantenernos unidos. No tenemos un proyecto viable como nación, no sabemos hacia dónde queremos ir. Hemos alcanzado nuestra independencia desde hace casi dos siglos, pero aún no sabemos qué hacer con ella. Estamos en esta balsa naufragando en un contexto global, en donde aparentemente, el individualismo es quien triunfa.

Ante nuestra debilidad como nación, cualquier amenaza nos paraliza, nos desune. Comenzamos con lamentaciones, invocamos al pasado, como si ese fuera el camino correcto, en lugar de enfocarnos hacia el futuro. Nos culpamos unos a otros por nuestras desgracias, sin estar conscientes de que las amenazas existen y han existido siempre. Nuestro vecino país del norte, poderoso y arrogante, nos echa la culpa de sus fracasos, como si nosotros no tuviéramos los nuestros. Esas amenazas son representadas por la ola gigante de lado izquierdo. Esa ola tiene la intención de devorar la balsa de un solo sorbo. Para colmo, el cielo está pintado de negro, es decir, se aproxima una tormenta. Más calamidades, posiblemente estas sean internas: la ignorancia, la flojera, la corrupción, en fin.

En la pintura se aprecian cuatro cuerpos rendidos, exhaustos, sin ganas de proseguir con vida. Representan los cuatro puntos cardinales de nuestro país. Sur, este, oeste y norte, todo el país en hecatombe por la ola de violencia, impunidad, corrupción. El nombre que desees. Pero también representa la apatía, la pereza, que otros lo hagan, y el yo por qué.

En el centro de la pintura se retrata a una persona meditando, pensando. El autor lo pintó como un filósofo griego. Para mí representa a los analistas, columnistas, editorialistas, aquellos que solo opinan, que solo discrepan, pero no levantan un solo dedo por la balsa. Son aquellos que no han hecho nada por el país. No están derrotados, pero tampoco contribuyen para salir a salvo de la embarcación. Posiblemente la mayoría de la población en nuestro país esté representada por ese filósofo. Este filósofo también lo encontramos en las reuniones familiares, en los cafés, en los pasillos de las oficinas, en las universidades. Todos llevamos uno dentro. Hablamos y vociferamos sin aportar a que la balsa no se hunda, a que tenga rumbo.

En el centro de la pintura encontramos a una persona sosteniendo el mástil con una sola vela. Representa a la clase gobernante, quien no puede enderezar la balsa, o bien, no desea hacerlo. Observen bien, este gobernante se encuentra detrás de los verdaderos héroes de la balsa. Es decir, hoy por hoy, los gobernantes no nos sacarán a flote, no son la opción para cambiar el rumbo de nuestra embarcación. Quienes piensen así, vivirán pronto el naufragio de la balsa, jamás alcanzarán su sueño de independencia y libertad, en cualquier ámbito. Ellos no son la salvación de nuestro México.

El futuro de la balsa está en quienes tienen esperanza, quienes estudiando, trabajando, esforzándose mantendrán a flote la balsa. Somos cada uno de nosotros quienes levantándonos temprano, siendo educados, respetando las reglas de convivencia, siendo honestos y productivos podremos alcanzar nuestros sueños, hacer de nuestro país una potencia. Pero todo el trabajo debe ser en conjunto, solos no podemos. Cada una de las personas que ayudan al muchacho a sostener el trapo rojo, somos las personas que pensamos que sí tenemos salvación, que sí tenemos futuro. Vean, somos muchos quienes alentamos al joven con el pedazo de tela rojo.

Solo así, unidos y orgullosos de nuestra balsa, podremos sortear favorablemente cualquier tempestad, cualquier calamidad. El mérito será de todos, no busquemos un héroe solitario.

jueves, 25 de febrero de 2016

EN EL EXAMEN DE GRADO


Profesores y alumnos en las universidades, públicas o privadas, tenemos el mismo objetivo de erradicar la pobreza y las carencias de todo tipo de la sociedad en la que vivimos a través de la difusión del conocimiento, a través de la expresión de ideas. Buscamos, de una forma u otra, el bienestar común. Por infortunio, muchos no lo perciben así, y hay algunos alumnos, que con la prepotencia que les da un cargo público, tratan de humillar reiteradamente a sus compañeros de aula, así como a profesores y tutores.

Al inicio del semestre pasado, llegó un alumno quien se presentó conmigo.

–Buenas noches, profesor, soy el Subdirector de Riesgos del Banco de Desarrollo “Saldremos de la Pobreza Pronto”.
–Mucho gusto – le contesté.
–Profesor, usted sabrá que los temas que veamos en clase, pues, ya los conozco bien, a eso me dedico, a administrar riesgos y su clase trata de eso.
–Qué bueno, me complace saber que tenga arraigado esos amplios conocimiento – repliqué.
–Y deseo pedirle, debido a mis múltiples ocupaciones, llegar tarde a su clase o de preferencia no venir, ¿qué cosas nuevas podría yo aprender aquí? Comprende, ¿verdad? 

Asentí. 

– Así, que, mucho gusto profesor, nos vemos la próxima semana, tengo junta.
– Discúlpeme, joven – le inquirí. Hay un reglamento el cual establece una tolerancia de 15 minutos para llegar a clase y así tener derecho a la asistencia. Con tres inasistencias los alumnos no tendrán derecho a examen final. Se lo dejo a su consideración.
– Pero soy una persona sumamente ocupada, profesor. ¿Qué quiere que haga?
– Pues si no tiene tiempo de venir a clase, entonces, ¿para qué se inscribió a al posgrado?
– Los demás profesores me dijeron que no había problema, ¿por qué se porta usted tan intolerante?
– Perdón – le dije. ¿Desea usted que le haga reverencias por el puesto que ocupa?
– No reverencias, pero sí consideración a mi posición en el banco.

El, supuestamente, brillante alumno hizo su mayor esfuerzo por asistir puntualmente a las clases, por supuesto faltando tres veces en el semestre. Él era de aquellos alumnos que confunden la posición jerárquica en una institución con la educación. Cuando yo apuntaba algo en el pizarrón, inmediatamente bostezaba, como expresando aburrimiento. Jamás tomó apuntes, siempre se comportaba con aires de superioridad, despreciando el compañerismo de los otros estudiantes. En fin, él era de las personas que rendían culto al puesto. En su calificación final obtuvo siete, no plasmó en el examen toda la verborrea de conocimiento, que con ínfulas, presumía poseer.

Un año después, por azares del destino, me designaron ser presidente entre los demás sinodales en el examen de grado de aquel alumno. Previamente, al leer su tesis, le hice varias observaciones, tanto de forma como de fondo. Ahora entendía el por qué dicho banco estaba al borde de la quiebra, con un administrador de riesgos tan arrogante y con falta de destreza en el manejo de la información sistémica que afecta a los mercados financieros, lógicamente que se habían tomado, al interior del mismo, decisiones que le habían producido pérdidas económicas catastróficas.

La prepotencia y arrogancia de este alumno se habían acrecentado. Al releer su tesis me percaté que no había hecho modificación alguna, en virtud de que los demás sinodales habían comentado que aquella tesis era la non plus ultra de todas las tesis que habían leído en su vida.

– ¡Qué buen alumno¡ – comentó uno de los cinco sinodales que éramos en el examen de grado.
– Y magnífica tesis – dijo otro de ellos.

Caray, ¿pues qué trabajo leyeron estos sinodales?

– Además, con tanto conocimiento, pues lógico que fuera Subdirector en el Banco “Saldremos de la Pobreza Pronto”.
– Ojalá lo promuevan para Director General – vociferó otro de los sinodales.
– Pero, qué tesis tan interesante – expresó uno más.
– Digno de mención honorífica – comentó otro sinodal.

Cuando me preguntaron mi opinión al respecto, lo único que dije es que en el examen de grado también se aprende mucho, posiblemente más que tomando dos años de clase.

– ¿Habrá tenido mucho trabajo el alumno? – comentó un sinodal. Es tarde y no llega.
– Sí, qué raro, siempre ha sido muy puntual – expresó alguien más.
– Esperemos con paciencia – dije.

Pasaron treinta minutos de la hora indicada para el inicio del examen de grado y el alumno no aparecía en la sala.

– ¡Qué raro que se haya retrasado tanto! – dijo uno de los sinodales. Ya pasó casi una hora.
– Tengamos paciencia – expresé. Creo que un alumno ejemplar, bien vale la pena la espera. Tendremos mucho que aprender de su deliberación.

Transcurridos una hora con treinta minutos, los sinodales optaron por retirarse. Sus rostros mostraban molestia por la falta de cortesía del alumno.

Cuando un alumno no se presenta a su examen, este tiene que volver a iniciar su trámite de solicitud del mismo y por reglamento no se le puede reprogramar sino hasta seis meses después.

Yo estaba tomando un agua de horchata en la cafetería de la Facultad cuando llega Agustín, un joven colaborador del despacho donde laboro.

–Misión cumplida, profesor – me dijo. Distraje lo más que pude a su alumno.
– ¿Qué hiciste?
– Pues su alumno iba saliendo del estacionamiento de su oficina, estaba el semáforo en luz roja y cuando cambió a la luz verde que le atravieso mi bicicleta. Me tiré en el piso, quejándome del dolor. Trató de ayudarme, comentándome que tenía prisa, pero yo le dije que me dolía muchísimo la pierna derecha. Y no me levanté hasta que llegara una patrulla. Y así, pasaron casi dos horas, profesor, hasta que le comenté al oficial de la policía y a su alumno que le otorgaba el perdón, que el dolor ya se había esfumado, pero recordándole antes que tuviera más cuidado al manejar. 

Una lección de vida, pensé.

– Muy bien, Agustín. Ándale, siéntate, te invito a comer.

 

martes, 20 de octubre de 2015

¿Y LA COHERENCIA?



Una de las lecciones más grandes que he recibido en mi vida me la dio el señor Intelingicio, en una visita que hicimos a la Ciudad de Oaxaca. Estábamos comiendo alrededor de diez personas en uno de los restaurantes del zócalo de dicha ciudad. De repente, se acercan dos adolescentes, de entre trece y catorce años de edad, pidiendo limosna. El señor Intelingicio se levantó y los abrazó, invitándolos a comer a la mesa de al lado.

̶  Ordenen lo que apetezcan, jóvenes ̶ dijo el señor Intelingicio ̶ corre por mi cuenta.

̶  Gracias señor, es usted muy amable ̶ comentó el menor de los jóvenes.

̶  Fíjese señor, que tenemos dos días sin comer y no hemos vendido nada, debido a que hay pocos visitantes aquí en Oaxaca ̶ comentó el mayor de los adolescentes.

̶  No se preocupen, coman lo que gusten, yo invito ̶ replicó el señor Intelingicio. ̶  Barriga llena y a trabajar duro, ja, ja, ja. Buen provecho.

Yo me quedé anonadado ante tal espectáculo. Por supuesto, me acordaba de las clases que tomaba en la maestría en Administración Estratégica, en donde mis profesores siempre decían que uno de los mayores problemas de México era que mientras unos se esforzaban para obtener su sustento diario y progresar, otros, simplemente estiraban la mano para poder comer. Así que, alzando un poco la voz, interrumpí la conversación que el señor Intelingicio mantenía con uno de los clientes de la empresa.

̶ Disculpe, señor, ¿por qué les da el pescado a esos jóvenes? ¿No es mejor enseñarles a pescar?

Todos los presentes se quedaron boquiabiertos ante mi comentario. El señor Intelingicio, con mucha ecuanimidad me contestó:

̶ ¿Quién puede trabajar con el estómago vacío?

̶ ¿Cómo sabe usted que estos jóvenes no han comido? ̶ inquirí.

El señor Intelingicio se mofó de mi comentario.

̶ Sabe, amigo mío, nadie pide algo que no necesita. Si estos jóvenes están pidiendo limosna es porque la necesitan. Han dicho que no han vendido sus productos, así que es lógico que tengan hambre. Una vez que hayan satisfecho su necesidad de alimento, que emprendan su camino y que tengan el mayor de los éxitos.

̶ ¿Cómo sabe usted que estos jóvenes no abusan de los turistas y que, probablemente, no hagan un esfuerzo para vender sus productos? ̶ le cuestioné. ̶ Además, ¿usted cree que es la mejor forma de ayudar a la gente para sacarlos de la miseria dándoles limosna? Insisto, es mejor ayudarles a pescar, en vez de darles el pescado. 

̶ Voy a pagar los alimentos de estos jóvenes con mi dinero, y yo con mi dinero hago lo que me plazca ̶ me contestó el señor Intelingicio. ̶ Si me permite, continuaré la conversación que tenía anteriormente con nuestro invitado.

Me quedé molesto ante tal situación, porque ninguno de mis compañeros opinó al respecto, sabiendo de antemano que pensaban igual que yo, en virtud de que en varias ocasiones nos hemos negado a dar limosnas. Nuestro lema, tan utilizado en las aulas universitarias de “enseñar a pescar, en lugar de dar el pescado”, resultaba falsa a los ojos de nuestro Director General, hombre exitoso, quien era un ejemplo de cómo hacer negocios. 

Tres meses después, todo el equipo de trabajo volvimos a Oaxaca para presentar el proyecto final por el cual la empresa fue contratada. Regresamos al zócalo de la capital Oaxaqueña y sentados en un restaurante distinto de aquella ocasión, se acercaron muchas personas tratando de vender sus productos, mientras que otros, cómodamente pedían limosna.

̶ Disculpe ̶ me interrumpió el señor Intelingicio ̶ ¿son estos jóvenes lo que se sentaron a comer la vez pasada al lado de nuestra mesa?

̶ Perdóneme, señor, pero no recuerdo el rostro de las personas desconocidas ̶ contesté.

̶ Hey, ustedes, sí ustedes, vengan ̶ les dijo el señor Intelingicio.

̶ Buenas tardes, señor  ̶  comentaron los jóvenes. ̶ Es un gusto volver a verlo. Estamos muy agradecidos por la comida de aquella vez.

̶ Por favor, no hay nada qué agradecer. Por cierto, ¿ya comieron?

̶  Aún no, estamos trabajando.

̶ Entonces, tomen asiento, los invito a comer, pero ahora acompáñennos a la mesa.

̶  No, cómo cree. Nos da pena ̶ dijo el mayor.

̶  Para nada. Será un privilegio compartir los alimentos con ustedes. De hecho, tenemos mucho que aprender de sus vidas. Estamos precisamente preparando un proyecto de cómo sobrevivir ante condiciones hostiles. Así, que, jóvenes amigos, que mejor que ustedes para que nos cuenten de su experiencia.

Yo me quedó estupefacto, anodino ante tal situación. Pensaba que había sido una descortesía por parte del señor Intelingicio que unos jóvenes desconocidos y mugrosos se sentaran a platicar con nosotros y con nuestros clientes, de qué podríamos conversar. Honestamente pensaba que estos jóvenes eran unos oportunistas y que solamente sacaban provecho de la situación.

Una semana después, ya en las oficinas en la Ciudad de México, el señor Intelingicio me llamó a su oficina.

̶ Buenos días señor, a sus órdenes.

̶ Buenos días, tome asiento por favor.

̶ Gracias, en qué puedo servirle.

̶ ¿Se acuerda usted de los jóvenes que nos acompañaron a comer en el zócalo de Oaxaca?

̶ Sí, por supuesto, ¿qué tienen que ver ellos en esta conversación?

̶ Mucho. ¿Ya les enseñó a pescar? Si recuerdo bien, usted comentó que no era necesario darles el pescado, sino que había que enseñarles a pescar. ¿Ya lo hizo?

̶ Por favor, ja, ja, ja, es sentido figurado. Me referí a que no les demos a los pobres limosna, que no cubramos sus necesidades dándoles dinero o cosas para que pasen el día. De lo que se trata es de capacitarlos para que puedan ser personas de bien en la vida y puedan, por medio de sus capacidades, ganarse el sustento diario.

̶ Precisamente, a eso me refiero. Ustedes, en las universidades dicen palabras muy bonitas, que generalmente, cambiarían el rumbo de las empresas y de las personas, sin embargo, no las ponen en práctica. Por eso le pregunto, ¿ya les enseñó a pescar a estos jóvenes?

̶ No, por supuesto que no. ¿A qué hora? Ellos viven en Oaxaca y yo vivo en la Ciudad de México.

̶  Pero aquel día, usted alzó la voz haciéndose notar, exhortándome a que no los invitara a comer.

̶  Así fue, porque hay muchos que se aprovechan de la gente buena, que los ayuda.

̶  ¿Y usted quién es para juzgarlos? ¿Cómo sabe quién tiene la necesidad y quién está mintiendo?

̶  Es una intuición.

̶  Ja, ja, ja, ¿aprendida también en la universidad?

̶  Bueno, ¿a qué viene todo esto?

̶  Está usted despedido por incoherente. En mi equipo de trabajo solo deseo a gente que haga el bien al prójimo, gente honorable y comprometida éticamente con la humanidad. Deseo a personas dispuestas a sacar de la pobreza y de la ignorancia a la gente. ¿Cómo? Ayudándola, en la medida de las posibilidades de cada quien.

̶  Pero…

̶  No me interrumpa, todavía no concluyo. Aquel día, usted se ufanó que había que enseñar a pescar al prójimo y no lo ha hecho. Por lo tanto, sus palabras son huecas, están vacías y llenas de arrogancia. Uno de los grandes problemas que tenemos en nuestra sociedad es que no podemos disuadir los prejuicios que nos enseñan en las aulas. La vida práctica, la vida cotidiana es muy distinta a lo que los profesores transmiten. ¿Por qué? Porque la mayoría de los profesores de tiempo completo, están encerrados en sus cubículos, no se acercan a conocer la problemática de la población.

̶  Pero…

̶ Nuestra empresa es socialmente responsable, sin embargo, los empleados se muestran insensibles ante el sufrimiento y la carencia del ser humano, ¿es posible esto? ¿Podemos tolerar la humillación gritando que es mejor enseñarles a pescar sin llevarlo a cabo?

̶ Pero…

̶  No podemos ser una empresa que hace campañas de publicidad, presumiendo su responsabilidad social y a su vez contar con personal que sea poco sensible a las necesidades de su población.

Y así fue como aprendí el valor de la coherencia. Aprendí que somos libres, para actuar haciendo el bien o para actuar haciendo el mal. Muchas veces me he comportado de cierta manera para ser aceptado en sociedad, para pertenecer y ser bienvenido en un grupo de personas, que muy probablemente no tengan valores morales idénticos a los míos. Recibí una gran lección, sin duda. Ahora, trato de ayudar a la gente, los capacito, les enseño a superarse, los exhorto a que tengan confianza en sí mismos, en que no pierdan la fe. Estoy convencido que si cada mexicano ayudara a otro mexicano, si nos uniéramos como pueblo, como raza, estaríamos a un paso, sólo a un paso de ser un país de primer mundo. Pero infortunadamente, siguen los prejuicios, se piensa que hay personas moralmente superiores a otras. Seguimos siendo un país de privilegios, como en la época de las encomiendas. ¿Hemos cambiado en algo desde hace casi dos siglos de nuestro México independiente? ¡Qué gran lección me dio mi exjefe!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 19 de agosto de 2015

UNA MARCHA MÁS


En la Ciudad de México se llevan a cabo un poco más de 8,000 marchas al año. Los motivos son diversos. Marchan los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), marchan también los de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE), quienes han hecho mucho para aumentar la desigualdad en el Estado de Oaxaca, sobre todo los pertenecientes a la sección 22, quienes están en contra de la reforma educativa que establece la evaluación de los docentes, además de frenar la herencia de plazas a familiares y amigos.

También marchan sobre el hermoso Paseo de la Reforma, que algunos comparan con los Campos Elíseos en París, los alumnos que fueron rechazados para ingresar a la educación media superior, ya que exigen un lugar en alguna institución educativa, porque la Constitución establece que ésta debe ser laica, obligatoria y gratuita, aunque muchos de ellos no sepan ni leer, ya ni si diga escribir.

Todos tienen el derecho de marchar, muchos marchan, por diferentes motivos, así que yo convoqué a una marcha. Un mes para prepararla, enviando tuits, invitando a mis seguidores a retuitear la iniciativa. También lo hice por Facebook, exhortando a mis conocidos y a amigos a conglomerarnos el último viernes de mes a las 15:00 horas en el Ángel de la Independencia con rumbo al zócalo de la capital. Ese día era de pago, de recibir el sueldo. La afectación del tráfico será fatal. La ciudad se volverá un caos, pero queremos llamar la atención, queremos que la población y las autoridades nos escuchen, que atiendan a nuestras demandas.

Llegó el día esperado, tan ansioso para dar inicio a mi primera marcha. Los participantes convocados eran cerca de 80,000, muchos con sus pancartas, muchos con altavoces. Ahora sí, nos iban a escuchar.

Como buen líder, tomé la iniciativa. En punto de las 15:00 horas con un micrófono y unas potentes bocinas, comencé mi manifiesto, y así me dirigí a las personas congregadas:

         ̶ ¡Gracias por su asistencia, compañeros! Hoy será una marcha histórica, que cambiará la vida de muchas personas en esta capital. Hoy marcharemos para que prevalezcan nuestros derechos como ciudadanos.

         ̶ ¡Compañeros! ̶ continué. ¿Quién de ustedes ha sido rechazado de una universidad pública y por lo tanto exigen su pase automático a las mismas?

         ̶ ¡Ninguno! ̶ contestó la multitud congregada.

         ̶ ¡Compañeros!, ¿quién de ustedes está en contra de la reforma educativa y exige que los maestros de sus hijos no sean evaluados?

         ̶ ¡Ninguno!

         ̶ ¡Compañeros!, ¿quién de ustedes desea un voto por voto y casilla por casilla porque su candidato a gobernador o senador o diputado no ganó la elección?

         ̶ ¡Ninguno!

         ̶ ¡Compañeros!, ¿quién de ustedes es homosexual, bisexual, transexual y piensa que no se respetan sus derechos ciudadanos?

         ̶ ¡Ninguno!

         ̶ ¡Compañeros!, ¿quién de ustedes es heterosexual?

         ̶ ¡Todos!

         ̶ ¡Compañeros!, ¿están a favor de los taxis piratas que en condiciones desagradables y deplorables prestan el servicio a la población capitalina?

         ̶ ¡No!

         ̶ ¡Compañeros!, ¿les alcanza el sueldo que tienen o exigen que “salario mínimo al presidente para que vea lo que se siente”?

         ̶ ¡Sí nos alcanza, porque nos preparamos estudiando y además trabajamos duro! ̶ Comentó un participante en la manifestación.

         ̶ ¡Compañeros!, ¿quién de ustedes piensa que los 43 muertos de Atoyzinapa fue un crimen de estado?

         ̶ ¡Ninguno!

         ̶ Los responsables fueron los del PRD ̶ comentó una asistente a la manifestación.

         ̶ ¡Compañeros!, ¿quién de ustedes piensa que la “señito” es la única periodista que tiene la verdad absoluta y que los demás medios de comunicación están vendidos y comprados por el gobierno?

         ̶ ¡Ninguno!

         ̶ ¡Compañeros!, ¿quién piensa que el “Piojo” Herrera fue despedido injustamente y que solo él llevará a la selección mexicana de futbol al tan ansiado quinto partido en un mundial?

         ̶ ¡Ninguno!

         ̶ ¡Compañeros!, ¿alguien desea manifestar alguna inconformidad o alguna injusticia?

         ̶ Por el momento no ̶ gritó un joven.

         ̶ ¡Ya marchemos! ̶ exigió un grupo de señoras presentes en la manifestación.

         ̶  ¡Marchemos, compañeros!

Y con altavoces y con sus pancartas, los 80,000 asistentes gritábamos a todo pulmón.

“El pueblo se cansa de tanta pinche marcha”.

 

martes, 4 de agosto de 2015

LA AMBICIÓN COMO TESTIGO


Se aproximaba la hora de la salida en la empresa donde trabajaban dos bellas jóvenes de unos veintidós años de edad. Era viernes, fin de mes, día de pago. Cada una de ellas había recibido vía transferencia electrónica su sueldo devengado. Esa noche la pasarían ambas en un Bar-Lounge de Bosques de las Lomas, una de las colonias más exclusivas de gente adinerada de la Ciudad de México. Su intención, pasársela bien ese fin de semana, procurando no gastar ni un solo peso. Mucho mejor si se ligasen a un par de jóvenes ricos que las sacaran de trabajar.

             ̶  Oye, Vero, ¿Me veo bien con esta minifalda? ¿No estará muy corta, amiga?

            ̶  Claro que no, Mony. Para eso vamos al gimnasio, ¿o no, amiga?

            ̶  Ja, ja, ja, para ver cómo a todos los idiotas se les cae la baba al vernos las piernas.

         ̶  ¿Qué tal mi escote? ̶  le preguntó Mony a Vero.

         ̶  Está para que ligues, amiga. ¡Te ves buenísima!

         ̶  ¿Tú crees? ¿En serio?

         ̶  Sí, vanidosita. Vámonos, que se nos hace tarde.

Alrededor de las 10 de la noche, ya instaladas en el Bar-Lounge, ambas tomaban sus cocteles. Mony degustaba un Martini Manhattan, mientras que Vero pidió un Martini Cosmo, especialidad del Bar.

El lugar era el preferido de los hedonistas de la capital. Era el lugar de moda. Quien realmente pertenecía a la clase alta, era un visitante asiduo del lugar. Asistía gente de todas las edades.

Cerca de donde se encontraban Mony y Vero, había un par de jóvenes apuestos, de buena vestimenta, bien parecidos, quienes iban con la finalidad de ligar. Ya se habían percatado que las chicas se encontraban solas y que pasaba el tiempo y nadie se les había acercado. Ellas, por su parte, ya iban en su tercera copa, por lo que la cuenta se incrementaba considerablemente, pero lo mejor, ya el alcohol estaba haciendo mella en sus cerebros.

Era hora de aproximarse a ellas. Demostrar la labia.

           ̶  Hola ̶ dijo Luis. ¿Por qué tan solas, preciosas? ¿Podemos acompañarlas?

Sin dejarlas responder, con el asombro de ellas, Iván dijo, tronando lo dedos.

          ̶ Mesero, tráiganos lo mismo que están tomando ellas. Para estas hermosuras también, sírvales otra copa igual.

            ̶  Oye, amigo mesero ̶ continuó Iván. Deseamos un platillo de botanas surtidas, con jamón serrano, salami, anchoas, salmón y queso camembert. Esto para empezar, es para picar, estas princesitas tienen hambre, ¿verdad, bonitas?

Sin dejarlas hablar, el otro amigo intervino.

          ̶  Perdón, soy un descortés, ni siquiera me he presentado, mi nombre es Luis, soy el dueño de la cadena de tiendas Martínez. Luis Martínez a sus órdenes.

Las dos al mismo tiempo dijeron:

          ̶  ¿Te apellidas Martínez?

         ̶  Sí ̶ dijo Luis. ¿Qué tiene de malo? ¿Ustedes son de las que miden a las personas por sus apellidos? A ver, princesas, ¿a poco ustedes poseen apellidos de abolengo?

         ̶  No precisamente ̶ contestó Mony. Mi apellido es Duvost. Soy Mónica Duvost. Encantada de conocerlos.

         ̶   Yo soy Verónica Courtois. Un placer.

         ̶  Me presento ̶ dijo Iván. Mi nombre es Iván Hernández, humilde y seguro servidor de este par de hermosuras que me complace enormemente conocer en esta encantadora noche de luna azul. Soy el Director General de la cadena de tiendas Martínez.

Pasó el tiempo, fue una plática agradable, con buena música de fondo. Transcurridas más de tres horas, llegó el momento de retirarse.

          ̶  Todo un placer haberlas conocido, bonitas ̶  dijo Luis.

         ̶  Por supuesto ̶ intervino Iván. Fue una velada divina, inolvidable. Gracias por habernos acompañado, princesitas angelicales.

Después de haber dicho eso, le entregó a cada una su tarjeta de presentación. Luis hizo lo mismo.

Al leerlas, se percataron que efectivamente correspondían al socio mayoritario y al Director General de las tiendas Martínez.

Verónica fisgoneaba en su bolso, a ver si encontraba sus tarjetas de presentación.

          ̶  ¡Ay! ¿dónde las dejé? ̶  decía.

         ̶  No te preocupes ̶ dijo Luis. Dame tu número de celular. Te marco y así registras el mío.

         ̶  Buena idea ̶ comentó Vero. Márcame, Luis, así registro tu número de celular.

         ̶  Por cierto, el próximo mes vamos a inaugurar nuestra primera tienda en España ̶ les comentó Luis. Seríamos muy afortunados si hicieran el honor de acompañarnos, preciosas. Por supuesto, con todos los gastos pagados.

         ̶  ¿Qué opinan? ̶  preguntó Iván.    

         ̶  Lo vamos a pensar, ¿verdad amiga? ̶  respondió Vero. Pero para mí, la idea es genial, aunque tenemos que revisar la agenda de trabajo.

         ̶  Bueno, esperaremos su respuesta ̶ comentó Iván. Sin prisa, piénsenlo bien, la pasaremos de lujo.

̶  Por cierto, ¿tienen cómo irse a sus casas? ̶  preguntó Luis.

         ̶  No se preocupen ̶  contestó Mony. Tomaremos un taxi, de aquí del Bar-Lounge. Total, vivimos aquí cerca, en las Lomas de Chapultepec.

         ̶  Si gustan podemos llevarlas ̶  comentó Iván. Vamos para Polanco.

         ̶  Mmm, es que ya pedimos el taxi y se nos hace mala onda ̶ señaló Vero.

         ̶  De acuerdo, no hay problema ̶  dijo Iván.

Se despidieron, las chicas abordaron el taxi y Luis hizo una seña con su mano para que se aproximara uno de sus empleados, quien la hacía de guardaespaldas. Luis le ordenó que las siguiera discretamente para informarle en dónde vivían.

Mientras tanto, ellas dentro del taxi platicaban.

          ̶  ¿Qué te parecieron estos tipos? ̶ preguntó Vero.

         ̶  Están guapísimos. Además, tienen mucho dinero. ¿Viste lo que pagaron de cuenta?

         ̶  Sí, amiga. Y son muy decentes y caballeros. Con dos copas, muchos de los muchachos que se nos acercan ya quieren llevarnos al hotel, ja, ja, ja.

         ̶  Pues te juro que si estos cuates lo hubieran insinuado, yo les hubiera dicho que sí, sin pensarlo.

         ̶  Yo igual, amiga. Ya me sentía bien cachonda.

         ̶  Pues nos hemos ligado a unos tipos que ahora sí valían la pena. Adiós pobreza, adiós miseria.

         ̶  Sí, amiga. Adiós al trabajo de recepcionista. Todo el día contestando llamadas.

         ̶  Ja, ja, ja, ¡sí! Adiós al sueldo miserable.

Llegó el guardaespaldas de Luis, diciéndole que las había seguido y que de ninguna manera vivían en las Lomas de Chapultepec. Vivían en un edificio viejo cerca de Tacubaya.

          ̶  Perfecto ̶ dijo Luis. Este es el tipo de chicas que nos gusta ligar.

Y así pasaron varios fines de semana, en donde se habían visto los cuatro para ir a comer a buenos restaurantes de la zona de Polanco, las Lomas, Santa Fe. También habían ido a un casino, en donde jugaban con las maquinitas tragamonedas y blackjack.

          ̶  Oigan, preciosas ̶  interrumpió Iván.

Y tomó de su saco cuatro boletos de avión.

          ̶  El próximo viernes salimos para España.

         ̶  ¡Sí! ̶ dijo Luis todo emocionado. Son boletos de primera clase para irnos los cuatro a Madrid. Inauguraremos nuestra primera tienda Martínez.

         ̶  ¡A ver! ̶  dijo Vero. ¡Son reales, son reales!

         ̶  ¡Eh! ̶ comentó Mony. ¡Hostias! Nos vamos a España, ¡qué alegría!

Y así, transcurrieron las horas, los días. Quedaron de verse el siguiente sábado en el aeropuerto.

Las dos bellas jóvenes estaban nerviosas, estaban llenas de júbilo, porque por fin se les hacía realidad su sueño de visitar Europa.

Pasaron treinta minutos, Luis e Iván no llegaban. Por fin, a lo lejos, se veía a Iván, corriendo un poco agitado.

          ̶  Hola, perdón por la demora. Es que llegaron las autoridades de salud a practicar una auditoría a unas de nuestras tiendas. Luis, como dueño y socio que es, tiene que atender a las autoridades. Yo, como Director General y representante legal, también tengo que estar presente.

         ̶  ¿Se cancela el viaje? ̶  preguntó angustiada Mony.

         ̶  No, preciosa. Claro que no. Ustedes tienen sus lugares reservados en primera clase. Allá, en el aeropuerto de Madrid, las esperará Venancio Sánchez, quien las llevará al hotel Adler, de los mejores de la capital española. No se preocupen por nada, nosotros las alcanzaremos el próximo martes.

         ̶  ¿Y cómo reconoceremos al tal Venancio ese? ̶  inquirió Vero.

         ̶  No se angustien. Él tendrá un letrero con sus nombres. Estará en el pasillo de salida.

         ̶  ¡Ok, perfecto! Allá nos vemos, que todo salga bien en la auditoría ̶  comentó Mony.

         ̶  No se fijen tanto por eso, son revisiones de rutina. De alguna forma deben de justificar el por qué hay tantos burócratas, ¿no creen? Por cierto, ¿les puedo pedir un favor?

         ̶  Por supuesto ̶ dijo Mony. Faltaba más.

         ̶  Gracias. Entréguenle esta pequeña maleta a Venancio. Son documentos muy importantes los que vienen en ella. Son papeles sobre estudios de mercado para abrir más tiendas en toda España. Por eso deben documentarla. Cuando localicen a Venancio, le entregan la maleta y él las llevará al hotel.

         ̶  De acuerdo ̶ comentó Mony. ¡Ay! Los vamos a extrañar mucho. Cuídense, ¿Sí?

         ̶  Tranquila, linda. El martes nos veremos. Buen viaje.

Se despidieron de la manera más amable, con mucho cariño, como si fueran amigos de toda la vida.

Llegando al aeropuerto de Madrid, las guapas jóvenes pasaron las revisiones de rutina. Migración y aduana. Cuando pasaron por el área metálica de revisión de equipaje, un trabajador llamó por la radio. Inmediatamente llegaron seis policías, perfectamente armados. Uno de ellos dijo, dirigiéndose a Mony y a Vero.

          ̶  ¿Es de ustedes esta maleta?

         ̶  Sí ̶  contestó Mony.

         ̶  ¿Me pueden indicar qué traen en ella?

         ̶  Documentos, estudios de mercado, planos ̶ dijo Vero.

         ̶ Resulta que no, jovencitas. Esta maleta contiene sobres de cocaína. Quedan arrestadas.