Una
de las lecciones más grandes que he recibido en mi vida me la dio el señor Intelingicio,
en una visita que hicimos a la Ciudad de Oaxaca. Estábamos comiendo alrededor
de diez personas en uno de los restaurantes del zócalo de dicha ciudad. De
repente, se acercan dos adolescentes, de entre trece y catorce años de edad,
pidiendo limosna. El señor Intelingicio se levantó y los abrazó, invitándolos a
comer a la mesa de al lado.
̶
Ordenen lo que apetezcan, jóvenes ̶ dijo
el señor Intelingicio ̶ corre por mi cuenta.
̶ Gracias señor, es usted muy amable ̶ comentó
el menor de los jóvenes.
̶ Fíjese señor, que tenemos dos días sin comer
y no hemos vendido nada, debido a que hay pocos visitantes aquí en Oaxaca ̶
comentó el mayor de los adolescentes.
̶ No se preocupen, coman lo que gusten, yo
invito ̶ replicó el señor Intelingicio. ̶
Barriga llena y a trabajar duro, ja, ja, ja. Buen provecho.
Yo
me quedé anonadado ante tal espectáculo. Por supuesto, me acordaba de las
clases que tomaba en la maestría en Administración Estratégica, en donde mis
profesores siempre decían que uno de los mayores problemas de México era que
mientras unos se esforzaban para obtener su sustento diario y progresar, otros,
simplemente estiraban la mano para poder comer. Así que, alzando un poco la
voz, interrumpí la conversación que el señor Intelingicio mantenía con uno de
los clientes de la empresa.
̶
Disculpe, señor, ¿por qué les da el pescado a esos jóvenes? ¿No es mejor
enseñarles a pescar?
Todos
los presentes se quedaron boquiabiertos ante mi comentario. El señor Intelingicio,
con mucha ecuanimidad me contestó:
̶
¿Quién puede trabajar con el estómago vacío?
̶
¿Cómo sabe usted que estos jóvenes no han comido? ̶ inquirí.
El
señor Intelingicio se mofó de mi comentario.
̶
Sabe, amigo mío, nadie pide algo que no necesita. Si estos jóvenes están
pidiendo limosna es porque la necesitan. Han dicho que no han vendido sus
productos, así que es lógico que tengan hambre. Una vez que hayan satisfecho su
necesidad de alimento, que emprendan su camino y que tengan el mayor de los
éxitos.
̶
¿Cómo sabe usted que estos jóvenes no abusan de los turistas y que, probablemente,
no hagan un esfuerzo para vender sus productos? ̶ le cuestioné. ̶ Además,
¿usted cree que es la mejor forma de ayudar a la gente para sacarlos de la
miseria dándoles limosna? Insisto, es mejor ayudarles a pescar, en vez de
darles el pescado.
̶
Voy a pagar los alimentos de estos jóvenes con mi dinero, y yo con mi dinero
hago lo que me plazca ̶ me contestó el señor Intelingicio. ̶ Si me permite,
continuaré la conversación que tenía anteriormente con nuestro invitado.
Me
quedé molesto ante tal situación, porque ninguno de mis compañeros opinó al
respecto, sabiendo de antemano que pensaban igual que yo, en virtud de que en
varias ocasiones nos hemos negado a dar limosnas. Nuestro lema, tan utilizado
en las aulas universitarias de “enseñar a pescar, en lugar de dar el pescado”,
resultaba falsa a los ojos de nuestro Director General, hombre exitoso, quien
era un ejemplo de cómo hacer negocios.
Tres
meses después, todo el equipo de trabajo volvimos a Oaxaca para presentar el
proyecto final por el cual la empresa fue contratada. Regresamos al zócalo de
la capital Oaxaqueña y sentados en un restaurante distinto de aquella ocasión,
se acercaron muchas personas tratando de vender sus productos, mientras que
otros, cómodamente pedían limosna.
̶
Disculpe ̶ me interrumpió el señor Intelingicio ̶ ¿son estos jóvenes lo que se
sentaron a comer la vez pasada al lado de nuestra mesa?
̶
Perdóneme, señor, pero no recuerdo el rostro de las personas desconocidas ̶
contesté.
̶
Hey, ustedes, sí ustedes, vengan ̶ les dijo el señor Intelingicio.
̶
Buenas tardes, señor ̶ comentaron los jóvenes. ̶ Es un gusto volver
a verlo. Estamos muy agradecidos por la comida de aquella vez.
̶
Por favor, no hay nada qué agradecer. Por cierto, ¿ya comieron?
̶ Aún no, estamos trabajando.
̶
Entonces, tomen asiento, los invito a comer, pero ahora acompáñennos a la mesa.
̶ No, cómo cree. Nos da pena ̶ dijo el mayor.
̶ Para nada. Será un privilegio compartir los
alimentos con ustedes. De hecho, tenemos mucho que aprender de sus vidas.
Estamos precisamente preparando un proyecto de cómo sobrevivir ante condiciones
hostiles. Así, que, jóvenes amigos, que mejor que ustedes para que nos cuenten
de su experiencia.
Yo
me quedó estupefacto, anodino ante tal situación. Pensaba que había sido una
descortesía por parte del señor Intelingicio que unos jóvenes desconocidos y
mugrosos se sentaran a platicar con nosotros y con nuestros clientes, de qué
podríamos conversar. Honestamente pensaba que estos jóvenes eran unos
oportunistas y que solamente sacaban provecho de la situación.
Una
semana después, ya en las oficinas en la Ciudad de México, el señor Intelingicio
me llamó a su oficina.
̶
Buenos días señor, a sus órdenes.
̶
Buenos días, tome asiento por favor.
̶
Gracias, en qué puedo servirle.
̶
¿Se acuerda usted de los jóvenes que nos acompañaron a comer en el zócalo de
Oaxaca?
̶
Sí, por supuesto, ¿qué tienen que ver ellos en esta conversación?
̶
Mucho. ¿Ya les enseñó a pescar? Si recuerdo bien, usted comentó que no era
necesario darles el pescado, sino que había que enseñarles a pescar. ¿Ya lo
hizo?
̶
Por favor, ja, ja, ja, es sentido figurado. Me referí a que no les demos a los
pobres limosna, que no cubramos sus necesidades dándoles dinero o cosas para
que pasen el día. De lo que se trata es de capacitarlos para que puedan ser
personas de bien en la vida y puedan, por medio de sus capacidades, ganarse el
sustento diario.
̶
Precisamente, a eso me refiero. Ustedes, en las universidades dicen palabras
muy bonitas, que generalmente, cambiarían el rumbo de las empresas y de las
personas, sin embargo, no las ponen en práctica. Por eso le pregunto, ¿ya les
enseñó a pescar a estos jóvenes?
̶
No, por supuesto que no. ¿A qué hora? Ellos viven en Oaxaca y yo vivo en la
Ciudad de México.
̶ Pero aquel día, usted alzó la voz haciéndose
notar, exhortándome a que no los invitara a comer.
̶ Así fue, porque hay muchos que se aprovechan
de la gente buena, que los ayuda.
̶ ¿Y usted quién es para juzgarlos? ¿Cómo sabe
quién tiene la necesidad y quién está mintiendo?
̶ Es una intuición.
̶ Ja, ja, ja, ¿aprendida también en la
universidad?
̶ Bueno, ¿a qué viene todo esto?
̶ Está usted despedido por incoherente. En mi
equipo de trabajo solo deseo a gente que haga el bien al prójimo, gente
honorable y comprometida éticamente con la humanidad. Deseo a personas dispuestas
a sacar de la pobreza y de la ignorancia a la gente. ¿Cómo? Ayudándola, en la
medida de las posibilidades de cada quien.
̶ Pero…
̶ No me interrumpa, todavía no concluyo. Aquel
día, usted se ufanó que había que enseñar a pescar al prójimo y no lo ha hecho.
Por lo tanto, sus palabras son huecas, están vacías y llenas de arrogancia. Uno
de los grandes problemas que tenemos en nuestra sociedad es que no podemos
disuadir los prejuicios que nos enseñan en las aulas. La vida práctica, la vida
cotidiana es muy distinta a lo que los profesores transmiten. ¿Por qué? Porque
la mayoría de los profesores de tiempo completo, están encerrados en sus
cubículos, no se acercan a conocer la problemática de la población.
̶ Pero…
̶
Nuestra empresa es socialmente responsable, sin embargo, los empleados se
muestran insensibles ante el sufrimiento y la carencia del ser humano, ¿es
posible esto? ¿Podemos tolerar la humillación gritando que es mejor enseñarles
a pescar sin llevarlo a cabo?
̶
Pero…
̶ No podemos ser una empresa que hace campañas
de publicidad, presumiendo su responsabilidad social y a su vez contar con
personal que sea poco sensible a las necesidades de su población.
Y
así fue como aprendí el valor de la coherencia. Aprendí que somos libres, para
actuar haciendo el bien o para actuar haciendo el mal. Muchas veces me he comportado
de cierta manera para ser aceptado en sociedad, para pertenecer y ser bienvenido
en un grupo de personas, que muy probablemente no tengan valores morales
idénticos a los míos. Recibí una gran lección, sin duda. Ahora, trato de ayudar
a la gente, los capacito, les enseño a superarse, los exhorto a que tengan
confianza en sí mismos, en que no pierdan la fe. Estoy convencido que si cada
mexicano ayudara a otro mexicano, si nos uniéramos como pueblo, como raza,
estaríamos a un paso, sólo a un paso de ser un país de primer mundo. Pero
infortunadamente, siguen los prejuicios, se piensa que hay personas moralmente
superiores a otras. Seguimos siendo un país de privilegios, como en la época de
las encomiendas. ¿Hemos cambiado en algo desde hace casi dos siglos de nuestro
México independiente? ¡Qué gran lección me dio mi exjefe!
Gabriel, espero que no le importe mi atrevimiento, pero he decidido compartir su publicación, la cual me parece no sólo una simple historia sino que por el contrario, me parece una historia de vida que debe ser compartida.
ResponderBorrarSalvador Salazar @PFAdvisors