Profesores
y alumnos en las universidades, públicas o privadas, tenemos el mismo objetivo
de erradicar la pobreza y las carencias de todo tipo de la sociedad en la que
vivimos a través de la difusión del conocimiento, a través de la expresión de
ideas. Buscamos, de una forma u otra, el bienestar común. Por infortunio,
muchos no lo perciben así, y hay algunos alumnos, que con la prepotencia que les da un
cargo público, tratan de humillar reiteradamente a sus
compañeros de aula, así como a profesores y tutores.
Al
inicio del semestre pasado, llegó un alumno quien se presentó conmigo.
–Buenas noches, profesor, soy el Subdirector de Riesgos del Banco de Desarrollo “Saldremos de la Pobreza Pronto”.
–Mucho gusto – le contesté.
–Profesor, usted sabrá que los temas que veamos en clase, pues, ya los conozco bien, a eso me dedico, a administrar riesgos y su clase trata de eso.
–Qué bueno, me complace saber que tenga arraigado esos amplios conocimiento – repliqué.
–Y deseo pedirle, debido a mis múltiples ocupaciones, llegar tarde a su clase o de preferencia no venir, ¿qué cosas nuevas podría yo aprender aquí? Comprende, ¿verdad?
Asentí.
– Así,
que, mucho gusto profesor, nos vemos la próxima semana, tengo junta.
– Discúlpeme,
joven – le inquirí. Hay un reglamento el cual establece una tolerancia de 15
minutos para llegar a clase y así tener derecho a la asistencia. Con tres
inasistencias los alumnos no tendrán derecho a examen final. Se lo dejo a su
consideración.
– Pero
soy una persona sumamente ocupada, profesor. ¿Qué quiere que haga?
– Pues
si no tiene tiempo de venir a clase, entonces, ¿para qué se inscribió a al
posgrado?
– Los
demás profesores me dijeron que no había problema, ¿por qué se porta usted tan
intolerante?
– Perdón
– le dije. ¿Desea usted que le haga reverencias por el puesto que ocupa?
– No
reverencias, pero sí consideración a mi posición en el banco.
El,
supuestamente, brillante alumno hizo su mayor esfuerzo por asistir puntualmente
a las clases, por supuesto faltando tres veces en el semestre. Él era de
aquellos alumnos que confunden la posición jerárquica en una institución con la
educación. Cuando yo apuntaba algo en el pizarrón, inmediatamente bostezaba,
como expresando aburrimiento. Jamás tomó apuntes, siempre se comportaba con
aires de superioridad, despreciando el compañerismo de los otros estudiantes.
En fin, él era de las personas que rendían culto al puesto. En su calificación final
obtuvo siete, no plasmó en el examen toda la verborrea de conocimiento, que con
ínfulas, presumía poseer.
Un
año después, por azares del destino, me designaron ser presidente entre los
demás sinodales en el examen de grado de aquel alumno. Previamente, al leer su
tesis, le hice varias observaciones, tanto de forma como de fondo. Ahora
entendía el por qué dicho banco estaba al borde de la quiebra, con un
administrador de riesgos tan arrogante y con falta de destreza en el manejo de
la información sistémica que afecta a los mercados financieros, lógicamente que
se habían tomado, al interior del mismo, decisiones que le habían producido
pérdidas económicas catastróficas.
La
prepotencia y arrogancia de este alumno se habían acrecentado. Al releer su
tesis me percaté que no había hecho modificación alguna, en virtud de que los demás
sinodales habían comentado que aquella tesis era la non plus ultra de todas las tesis que habían leído en su vida.
– ¡Qué buen alumno¡ – comentó uno de los cinco sinodales que éramos en el examen de grado.
– Y magnífica tesis – dijo otro de ellos.
Caray,
¿pues qué trabajo leyeron estos sinodales?
– Además, con tanto conocimiento, pues lógico que fuera Subdirector en el Banco “Saldremos de la Pobreza Pronto”.
– Ojalá lo promuevan para Director General – vociferó otro de los sinodales.
– Pero, qué tesis tan interesante – expresó uno más.
– Digno de mención honorífica – comentó otro sinodal.
Cuando
me preguntaron mi opinión al respecto, lo único que dije es que en el examen de
grado también se aprende mucho, posiblemente más que tomando dos años de clase.
– ¿Habrá tenido mucho trabajo el alumno? – comentó un sinodal. Es tarde y no llega.
– Sí, qué raro, siempre ha sido muy puntual – expresó alguien más.
– Esperemos con paciencia – dije.
Pasaron
treinta minutos de la hora indicada para el inicio del examen de grado y el
alumno no aparecía en la sala.
– ¡Qué raro que se haya retrasado tanto! – dijo uno de los sinodales. Ya pasó casi una hora.
– Tengamos paciencia – expresé. Creo que un alumno ejemplar, bien vale la pena la espera. Tendremos mucho que aprender de su deliberación.
Transcurridos
una hora con treinta minutos, los sinodales optaron por retirarse. Sus rostros
mostraban molestia por la falta de cortesía del alumno.
Cuando
un alumno no se presenta a su examen, este tiene que volver a iniciar su
trámite de solicitud del mismo y por reglamento no se le puede reprogramar sino
hasta seis meses después.
Yo
estaba tomando un agua de horchata en la cafetería de la Facultad cuando llega
Agustín, un joven colaborador del despacho donde laboro.
–Misión cumplida, profesor – me dijo. Distraje lo más que pude a su alumno.
– ¿Qué hiciste?
– Pues su alumno iba saliendo del estacionamiento de su oficina, estaba el semáforo en luz roja y cuando cambió a la luz verde que le atravieso mi bicicleta. Me tiré en el piso, quejándome del dolor. Trató de ayudarme, comentándome que tenía prisa, pero yo le dije que me dolía muchísimo la pierna derecha. Y no me levanté hasta que llegara una patrulla. Y así, pasaron casi dos horas, profesor, hasta que le comenté al oficial de la policía y a su alumno que le otorgaba el perdón, que el dolor ya se había esfumado, pero recordándole antes que tuviera más cuidado al manejar.
Una
lección de vida, pensé.
– Muy
bien, Agustín. Ándale, siéntate, te invito a comer.